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Petróleo en Latinoamerica -
Venezuela
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Lunes, 28 de Diciembre de 2009 09:00 |
REBELION
Salvador de la Plaza, un pensador revolucionario venezolano en el olvido
Mailer Mattié
CEPRID
Nació Salvador de la Plaza en Caracas el día 1 de enero de 1896.
Transcurrió su juventud en esta ciudad, en plena dictadura del general
Juan Vicente Gómez. A los siete años muere su padre, un conocido médico
caraqueño. Cursa sus primeros estudios en el Colegio Católico Alemán y
en 1913 se matricula en la Escuela de Medicina, siendo Delegado ante el
Consejo de la Asociación General de Estudiantes de Venezuela. Al poco
tiempo, el dictador ordena el cierre de la Universidad. Salvador de la
Plaza se ve obligado a abandonar la carrera de Medicina y comienza a
estudiar Derecho, presentando los exámenes de las asignaturas en el
Ministerio de Instrucción Pública. Fundador de la organización "Liceo
de Ciencias Políticas", tras la reapertura de la Universidad en 1918
pasa a formar parte del Consejo Central de Estudiantes, donde se
agrupan muchos jóvenes que actúan clandestinamente contra la dictadura.
En 1919 Salvador de la Plaza forma parte de una conspiración
cívico-militar que fracasa en su intento de derrocar el gobierno.
Después de dos años en la cárcel, el 11 de abril de 1921 es expulsado
del país y viaja a Francia donde se reúne con otros exiliados.
En París adquiere una formación política marxista y termina sus
estudios de Derecho en 1923. En Venezuela ha comenzado la explotación
petrolera y el dictador se convierte en aliado incondicional de las
compañías extranjeras. Salvador de la Plaza regresa a América,
consciente de que la lucha contra el régimen es ahora también parte de
la resistencia antiimperialista. En 1925 vive en La Habana, donde
conoce a Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista de Cuba, y
crea allí la revista Venezuela Libre. En 1926 se instala en México,
donde organiza junto a otros exiliados el Partido Revolucionario
Venezolano (PRV), a la vez que edita el periódico Libertad. Realiza al
mismo tiempo una intensa labor política dentro del movimiento
internacional antiimperialista. Apoya en tal sentido la lucha del
general Sandino para expulsar a los marines estadounidenses de
Nicaragua, trabajando en el Comité Manos Fuera de Niracagua (MAFUENIC)
encargado de ampliar las redes de solidaridad. Conoce al pintor Diego
Rivera, con quien colabora en la Liga Antiimperialista de las Américas
editando el periódico El Libertador. Justamente en la edición de abril
de 1926 publicó Salvador de la Plaza su primer artículo conocido hasta
ahora, titulado "El pacto de Gómez con Wall Street", denunciando la
intervención del capital petrolero en la soberanía de Venezuela. En
noviembre de 1927 viaja como periodista a Moscú a las celebraciones del
X Aniversario de la Revolución Bolchevique, con pasaporte panameño a
nombre de Salustiano Salustianovich Paredes.
Durante los años 1930 y 1933 reside en la ciudad de Barranquilla, en el
Caribe colombiano, participando en la organización de actividades
contra la dictadura. Junto a Gustavo Machado, interviene también en la
fundación del Partido Comunista de Venezuela (PCV).
En 1936, tras la muerte del dictador, a los 40 años regresa al país y
se incorpora al movimiento nacional a favor de la construcción de una
sociedad democrática. Asiste al Primer Congreso de Trabajadores de
Venezuela y apoya la primera huelga petrolera en la historia del país,
que terminó con la expulsión de sus dirigentes al exilio. Participa en
la fundación del Partido Republicano Progresista (PRP) y el gobierno
del general López Contreras le envía otra vez a la cárcel. En 1937 sale
de nuevo al exilio.
Regresa a México y presencia los cambios sociales que impulsa el
Presidente Lázaro Cárdenas, fundamentalmente la Reforma Agraria y la
nacionalización petrolera que ejercen en su pensamiento una influencia
decisiva. Volverá a Venezuela en 1942, al iniciarse la apertura
democrática del Presidente Medina Angarita. En 1946 se distancia del
Partido Comunista; organiza en 1947 el Partido Revolucionario del
Proletariado (comunista) (PRP-C) y edita su periódico. Defiende la
política petrolera nacionalista del gobierno, expresada en la Ley de
Hidrocarburos de 1943, el aumento de impuestos a las petroleras y el no
otorgamiento de nuevas concesiones. En octubre de 1945, el Presidente
Medina es derrocado por un golpe de Estado apoyado por las petroleras.
Tras un breve período de transición que incluyó el gobierno de Rómulo
Gallegos, en 1948 se instala la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y en
1954 Salvador de la Plaza regresa al exilio. De nuevo en Francia, se
dedica a estudiar Economía y problemas del desarrollo. Derrocada la
dictadura en 1958, regresa a Venezuela e inicia a sus 62 años una
intensa labor como profesor universitario, escritor y conferencista.
Dedica casi exclusivamente su trabajo a denunciar las consecuencias
políticas, económicas y sociales de la presencia en el país de las
compañías petroleras. Por su vida austera y solitaria y su carácter
reservado, los amigos le apodaban el "monje rojo". Murió a los 74 años
el 29 de junio de 1970 de un infarto al corazón, mientras trabajaba en
su despacho de la Universidad Central de Venezuela.
Petróleo y soberanía nacional
Desde 1917 las compañías petroleras angloamericanas intervinieron de
una forma u otra en los asuntos nacionales, favoreciendo sus propios
intereses. Salvador de la Plaza dedicó gran parte de su trabajo a
demostrar el saqueo del petróleo venezolano y los desequilibrios
provocados en el desarrollo histórico del país. Comprendió pronto que
la posición internacional adquirida por Venezuela debido a la
importancia de su producción petrolera sería el factor fundamental en
orientar los asuntos económicos y políticos de la nación. Su obra,
dispersa en decenas de artículos, ensayos y conferencias, se encuentra
recopilada en dos tomos publicados a finales del siglo pasado por la
Universidad de Los Andes en Mérida, cuya edición tuve la
responsabilidad de preparar bajo el título Petróleo y Soberanía
Nacional.
De su análisis destaca el énfasis por revelar los vínculos entre el
significado económico del petróleo y el resto de la sociedad. En
particular, revelar la invisibilidad y las consecuencias de las redes
que se tejían entre lo petrolero y lo político. En 1945, cuando el
partido Acción Democrática de Rómulo Betancourt pactó con las
petroleras el derrocamiento del Presidente Medina Angarita en
represalia por las reformas y la Ley de Hidrocarburos de 1943, Salvador
de la Plaza daba cuenta en diversos escritos del significado negativo
que el petróleo había adquirido en el transcurrir de la historia
contemporánea de Venezuela. Pensaba, por tanto, en la urgente necesidad
de corregir esos efectos.
Hay, de hecho, dos argumentos principales que subyacen a lo largo de su
obra. En primer término, consideraba que la riqueza petrolera debía
traducirse fundamentalmente en bienestar social para el país, viendo en
las compañías extranjeras el obstáculo central para alcanzar ese
objetivo. En segundo lugar, pensaba que la clase dirigente estaba en la
obligación de tener siempre presente el hecho de que se trataba de la
explotación de un recurso no renovable, extinguible. En consecuencia,
consideraba primordial no sólo limitar su explotación, sino maximizar
la inversión de los ingresos que percibía el Estado para construir una
sociedad cada vez menos dependiente de esa renta. Construir, pues, una
sociedad sin la presencia de las empresas extranjeras, donde el Estado
tomara las riendas de la industria de los hidrocarburos. Pensaba que
era ésta precisamente la vía para que el país dejara de ser en el
futuro una nación petrolera. "Tenemos que dejar de ser un país
petrolero, pero no en palabras y en declaraciones, sino en hechos",
escribió en 1960. Sus argumentos, sin embargo, jamás tuvieron
receptividad entre los sectores que dirigieron el país antes y después
de la nacionalización petrolera en 1976. Cuando el Estado tomó al final
el control de la industria, la ausencia de un proyecto nacional
autónomo a largo plazo derivó en la irresponsabilidad del despilfarro y
la corrupción generalizada. Aún más, paralelamente al aumento de los
precios del crudo en los mercados internacionales, la pobreza se
extendió inusitadamente entre la mayoría de la población. Defendió
Salvador de la Plaza igualmente las políticas de la OPEP desde su
fundación en 1960. La consideraba un instrumento de soberanía de los
países propietarios del tercer mundo. Un instrumento para arrebatar el
control de las compañías sobre la oferta y los precios del crudo a
nivel mundial. Una conquista en el plano del orden económico
internacional que podría permitir a los países miembros la posibilidad
real de garantizar el bienestar de sus ciudadanos.
Fue partidario asimismo de utilizar la riqueza petrolera como mecanismo
de solidaridad entre los pueblos. En 1960, por ejemplo, defendió a
través de su columna semanal en el diario El Nacional de Caracas el
proyecto de enviar petróleo a Cuba. "La forma de pago se encuentra con
solo quererla encontrar", escribió en uno de sus artículos. El énfasis
de Salvador de la Plaza, por otra parte, en conservar un recurso
agotable, radicaba sin duda en su constante preocupación por las
generaciones futuras. Así, en la última década de su vida desarrolló
algunos planteamientos que hoy día pueden considerarse ecológicamente
notables. Un claro ejemplo fue su aguda crítica a los sistemas de
contabilidad nacional, insistiendo permanentemente para que fuera
incluida una partida que considerara como pérdida para la nación el
agotamiento de los yacimientos petrolíferos. Es decir, contabilizar los
límites del crecimiento económico generado por la producción petrolera.
Un planteamiento que políticos y economistas aún se niegan a aceptar.
Petróleo y revolución
La obra de Salvador de la Plaza pareciera estar ausente en la
elaboración de la base ideológica e histórica de la Revolución
Bolivariana. Su pensamiento, no obstante, impregna indudablemente la
política nacionalista del gobierno y el espíritu de soberanía de la
Constitución de 1999. Se refleja también en el esfuerzo que ha hecho
Venezuela para contribuir a la recuperación de la OPEP como cartel de
países propietarios. De la misma manera, está presente en la
solidaridad manifiesta con Cuba, los países latinoamericanos y las
poblaciones de Estados Unidos afectadas por los huracanes que reciben
petróleo venezolano en condiciones especiales.
En agosto de 2005, el Presidente Hugo Chávez anunció los nuevos planes
de inversión y desarrollo en la industria petrolera. El ambicioso
programa prevé, además de la consolidación de las empresas regionales
Petrocaribe, Petrosur y Petroandina, la inversión de capital extranjero
y nacional en la explotación de 500 mil km2 de la plataforma marina y
de 570 mil km2 en tierra firme. Contempla asimismo la construcción de
una gran refinería en Cabruta, el uso intensivo del río Orinoco para el
transporte petrolero, un complejo gasífero en el Golfo de Paria, un
gasoducto hasta Colombia para conectar con el Pacífico, Centroamérica y
los Estados Unidos y otro de unos 12 mil km que atravesaría la región
de la Gran Sabana para adentrarse en territorio brasileño.
Venezuela respondería de esa forma a las exigencias del mercado
petrolero internacional. La OPEP ha estimado que la demanda crecerá
hasta 17 millones de b/d entre los años 2010 y 2020. Según la
organización ecologista Oilwatch, sólo Estados Unidos aumentará su
consumo en 36% hasta el año 2025, importando el 65% del total. Si no
hay cambios en esta previsión, se estima que las reservas mundiales
podrían agotarse aproximadamente en el 2040. En este marco, el objetivo
es alcanzar en 2012 una producción petrolera nacional de 6 millones de
b/d, el doble de la actual. Los retos que supone este proyecto, sin
embargo, son enormes.
El petróleo ha significado históricamente para el país desequilibrios
de todo orden. El mayor riesgo es que la gran escala del nuevo plan
petrolero pueda crear otros en términos económicos, políticos,
sociales, culturales y ambientales. La explotación petrolera, sin duda,
ha causado importantes daños ecológicos en regiones como la cuenca del
Lago de Maracaibo. Ha sido fuente permanente de corrupción y contribuyó
a crear una economía altamente dependiente del exterior, en detrimento
de las economías y los recursos locales. Conformó, por así decirlo, una
ciudadanía rentista que redujo el ejercicio de sus derechos a su
participación en los beneficios petroleros distribuidos arbitrariamente
por el Estado. Cuando éstos se desviaron hacia el pago de la deuda
externa, la población quedó indefensa, a merced de las políticas
neoliberales que asumieron los gobiernos sin renunciar nunca a la
corrupción.
El nuevo proyecto, pues, deberá enfrentar muchos de los viejos
fantasmas del petróleo que, aunque debilitados algunos, se resisten con
fuerza a abandonar el escenario nacional. Deberá impedir sobre todo su
fortalecimiento y la aparición de otros, respetando y ajustándose al
plan a largo plazo contenido en la Constitución, no sólo en términos de
soberanía. También en relación a la construcción de una nueva cultura
ciudadana que amplíe el ejercicio de sus derechos y asuma
impostergables deberes colectivos, destruyendo sobre todo el
tradicional y nocivo vínculo petróleo/corrupción. Deberá garantizar,
además, la protección del territorio en términos ecológicos y el
respeto a la diversidad. Vastas regiones ambientalmente frágiles donde
habitan pueblos indígenas, por ejemplo, podrían verse seriamente
afectadas, incluyendo el Parque Nacional Canaima, la Reserva Forestal
de Imataca, la Gran Sabana , el curso del río Orinoco y la Cuenca del
río Caroní. La visión del proyecto, en suma, es impensable que pueda
reducirse a sus aspectos económicos.
Venezuela tiene hoy día la gran oportunidad histórica en la que pensaba
Salvador de la Plaza para crear instrumentos, políticas e instituciones
capaces de construir la transición hacia una sociedad real
postpetrolera. Un serio y elevado debate nacional, comprometido con las
generaciones futuras, debe incluir respuestas alternativas a los
problemas nacionales, pero también al orden económico mundial que
amenaza con expulsar a la especie humana del planeta. Es éste, sin
duda, el enorme reto de la Revolución Bolivariana.
* Mailer Mattié es Economista venezolana.
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