Tal y como lo ha reconocido el propio presidente
Chávez, enfrentamos
una deficiencia estructural en la producción, transmisión y
distribución de la energía eléctrica, como resultado del retraso en la
ejecución de los planes de ampliación del sistema eléctrico nacional y
en las tareas de mantenimiento de la infraestructura disponible.
Sin embargo, más allá de las deficiencias derivadas de
una gestión -tanto pública como privada- ineficiente, los problemas del
país en materia de suministro eléctrico constituyen apenas una muestra
del callejón sin salida en el que se encuentra atrapado el modelo
energético del capitalismo industrial a escala planetaria.
Por una parte, tres décadas de políticas neoliberales
orientadas a la privatización y desregulación de los servicios
públicos, han dejado como resultado un deterioro creciente en la
operatividad y la calidad del suministro eléctrico y un incremento
especulativo de las tarifas que deben pagar los usuarios. Esta
contradicción entre facturas por consumo cada vez más elevadas e
inversiones en infraestructura y mantenimiento cada vez más bajas, no
tiene otra explicación que el afán de lucro que lleva al capital a
operar, en todo momento, de acuerdo con la lógica del mínimo costo y la
máxima ganancia. Los cuellos de botella que mantienen en jaque a la
industria eléctrica en California, en Francia y en general, en todas
las naciones industrializadas, son evidencias palpables del fracaso de
un modelo de propiedad y gestión que se ha vuelto social y
económicamente insostenible.
Por si fuera poco, el calentamiento global causado por
el uso intensivo de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) y
los daños letales para la salud humana y el medio ambiente provocados
por la radiación nuclear, nos están forzando a elegir entre nuestra
autodestrucción en pocas décadas si seguimos por el camino que vamos o
la construcción de un modelo energético alternativo basado en el uso de
energías limpias, si aspiramos en verdad hacer viable la vida sobre la
Tierra para las próximas generaciones.
Así las cosas, una auténtica Revolución Energética sólo
tendrá posibilidades de éxito si se propone como objetivos: 1) el
control estatal y social de la producción, el suministro y el consumo
responsable de la energía eléctrica; 2) el reemplazo progresivo de las
fuentes energéticas ecológicamente insostenibles como el petróleo, el
carbón, el gas y la energía nuclear por fuentes limpias como la solar,
eólica, geotérmica, hídrica y mareomotriz y 3) la sustitución de los
cada vez más vulnerables e ineficientes sistemas centralizados de
generación por una red de unidades más pequeñas de producción y
distribución de la electricidad y otras formas de energía para el uso
doméstico e industrial.
En definitiva, se trata de reemplazar, antes de que sea
demasiado tarde, el paradigma energético depredador que ha servido de
fundamento al capitalismo y al llamado socialismo real, por un nuevo
modelo basado en la sustentabilidad ecológica, la participación
comunitaria y la preservación de la vida y la justicia social como
valores rectores de la economía en el Ecosocialismo del Siglo XXI.
Gustavo Fernández Colón