miércoles 25 de noviembre de 2009
Del sector agrícola al sector servicios. Bonos de carbono a la bolsa…
de valores
Anahit Aharonian - Carlos Céspedes - Claudia Piccini - Gustavo Piñeiro
(BRECHA)
Los temas vinculados al cambio climático, el Protocolo de Kyoto, los
“sumideros de carbono” y los “bonos verdes” o de “carbono” (C)
parecerían ir ganando espacio entre políticos y comunicadores. El
repentino interés despertado por estos temas, es quizás lo que
justifique la parcialidad con que los mismos, por lo general, son
tratados.
El 6 de noviembre pasado, Brecha se refería al emprendimiento forestal
que la empresa sudcoreana Posco-Uruguay, realizaría en Cerro Largo. Su
propósito principal sería el de “remover” dióxido de carbono
atmosférico (CO2), en el marco de los “mecanismos de desarrollo limpio”
(MDL; Art. 12) del Protocolo de Kyoto. La nota de Brecha cierra
convocando a las autoridades: “Ahora corresponde a la DINAMA dirimir si
la propuesta coreana cumple con los requisitos ambientales pautados”.
Lo que seguramente desconoce el periodista -al igual que quienes toman
decisiones y muchos tecnócratas- es que precisamente la DINAMA, a
través de su Unidad de Cambio Climático (UCC) ha sido la intérprete
local de dicho Protocolo y por ende, responsable intelectual del
“Uruguay, país sumidero”. Condescendiente con los reclamos
internacionales, la UCC elaboró el (denominado) “Balance nacional de
gases de efecto invernadero 2002” (Proyecto URU/05/G32), que comprende
los años 1990, 1998 y 2002, pero recién fue publicado en noviembre
2006. A lo largo de su Informe, la UCC provee algunos datos y cifras
providenciales (seguramente, Century (1) mediante), así como también,
ciertas afirmaciones, política y económicamente riesgosas para el
futuro del país. Por ejemplo: “…las emisiones totales nacionales (de
gases, entre 1990 y 2002) (…) sufrieron una disminución de casi el 79
por ciento, debido principalmente a la gran absorción de CO2 por parte
de la biomasa leñosa (léase, cultivos de eucalyptos) y los suelos.”
Según la UCC, a partir del segundo balance nacional (1994), Uruguay
deja de ser un país emisor de CO2, para convertirse en “país sumidero”.
Este verdadero “milagro” ocurrido entre los balances de 1990 y 1994,
coincide precisamente con el lanzamiento del Plan Nacional Forestal
(1991).
A lo largo del Informe de la UCC, surgen varios cuestionamientos; pero
dos en particular resumen al resto. El primero es el referido a la
“biomasa leñosa”. Como es de conocimiento público, el Plan Forestal se
tradujo finalmente en la promoción de cultivos de eucaliptos para la
producción de pulpa de celulosa. Esto determina que el manejo de la
plantación ronde en los 6-8 años, momento en que es cortada. Es decir,
no son plantaciones de robles o ébano que alcanzan las varias décadas,
por lo que el tiempo que reside el C en esta “biomasa leñosa” de
eucalipto, es de muy escasa significación en el balance global de CO2
atmosférico.
El segundo cuestionamiento es: ¿en qué fuente científica se basó el
Balance para sostener que un suelo de pradera templada captura CO2 (o
C), cuando éste es forestado y además, con especies exóticas y de
rápido crecimiento? Seguramente la respuesta será el IPCC (2), el Panel
Intergubernamental para el Cambio Climático. Esta institución, a pesar
de que no realiza investigaciones, es la que establece las pautas de
juego, con base en una revisión y selección parcial de literatura
científica.
Para comprender el porqué de este segundo cuestionamiento, quizás ni
sea necesario contar con datos científicos, sino con simple sentido
común. Un suelo natural de pradera es el producto de miles de años de
co-evolución entre el clima, la vegetación herbácea y el material
geológico. El equilibrio entre estos tres factores es lo que finalmente
determina la capacidad del suelo de contener C. De modo que es
esperable que al cambiar uno de estos factores, se tenderá un nuevo
equilibrio bajo la nueva cobertura vegetal. Así, cuando la vegetación
natural de pradera es reemplazada por un cultivo de árboles, este
equilibrio se pierde y con él parte del C original; pero
fundamentalmente, se pierden las condiciones que favorecieron por
entonces su ingreso y acumulación en el suelo.
Para sólo tener una idea, la cantidad global de C orgánico del suelo ha
sido estimada en más del doble del C atmosférico y tres veces la
cantidad de la reserva biótica de la materia viviente. O sea que es lo
suficientemente grande, como para que una variación en su reserva -aún
ligera- pueda alterar significativamente las concentraciones de CO2 en
la atmósfera. En cambio, los actuales intentos por hacer de los suelos
un “sumidero de C”, corren el riesgo de transformarlos en una “fuente
de C”, contribuyendo aún más al “efecto invernadero”.
Investigaciones realizadas en Uruguay, en cultivos de eucaliptos en la
zona de Piedras Coloradas-Algorta -en el límite entre Paysandú y Rio
Negro- indican que, a pesar de la pérdida de C nativo acumulado por la
pradera, el aporte efectivo de C por estos cultivos no alcanza a
superar la cantidad de C nativo que aún persiste de la antigua pradera.
Esto ha sido posible de determinar mediante la diferencia que existe en
el metabolismo fotosintético de los eucaliptos (especie C3) y la
vegetación de pradera analizada (especies C4). Así, en el total de CO2
fijado durante la fotosíntesis, eucaliptos y pradera discriminan al
isótopo estable (13 CO2) en proporciones diferentes. Esto es lo que
permite determinar a ciencia cierta, el verdadero origen del C en el
contenido total de materia orgánica encontrado en un suelo de pradera
forestado con eucaliptos.
Detrás del MDL (o Cleaning House), en realidad lo que hay es un cambio
en la concepción del uso de la tierra. De ahora en más, tanto el suelo
como la cobertura vegetal, deben también ser concebidos como
“sumideros” de C. Como consecuencia, los sistemas de producción
agrícola han de pasar ahora a integrar parte de un nuevo mercado: el de
ventas de “servicios ambientales”.
¿Cómo es posible promover y sostener un cambio de esta naturaleza? La
respuesta es el mercado, el mercado rentable y creciente de “bonos de
C”. Este es el nombre dado a un conjunto de instrumentos que pueden
generarse por diversas actividades económicas y que supuestamente
contribuyen a la reducción de emisiones. Hay varios tipos de bonos de
carbono según cómo son negociados: 1) certificados de reducción de
emisiones (CER); 2) montos asignados anualmente (AAU); 3) unidades de
reducción de emisiones (ERU); y 4) unidades de remoción de emisiones
(RMU).
No obstante, algunas dificultades de índole política y jurídica, y aún
de carácter práctico, enlentecieron la rápida consolidación del mercado
de C promovido por el MDL. Esto se constituyó en el aliciente principal
para que las bolsas de valores de varios países -incluyendo las de la
región (por ejemplo Bolivia y Argentina)- intervinieran activamente
para consolidar por la vía de los hechos este nuevo mercado de grandes
inversiones. Como contraofensiva, las sedes regionales de bancos
internacionales establecieron líneas de créditos especiales para el
financiamiento de la compra-venta de bonos de carbono (por ejemplo, el
Banco Santander en Chile, Brasil y México). También el Banco Mundial,
que ha destinado importantes esfuerzos para el desarrollo del mercado
del carbono. Uno de éstos ha sido la puesta en marcha del Fondo
Prototipo del Carbono (PCF, por sus siglas en inglés) con el fin de
demostrar la manera de obtener reducciones eficaces de gases de efecto
invernadero. Otros son el Fondo del Carbono para el Desarrollo
Comunitario (FCDC) y el Fondo del Biocarbono (BioCF) que se promueven
en las comunidades pobres de países en desarrollo para beneficiarse del
financiamiento a efectos del supuesto desarrollo.
Quedan pendientes diversos asuntos concernientes a nuestro modelo
productivo así como al modelo discursivo. Más aún cuando hay una
apropiación de términos para vaciarlos de contenido y aparentar un
lenguaje común. El paradigma desarrollista –apoyado en un discutible
indicador como el PBI- avanza velozmente a pesar de los
cuestionamientos. Sin espacios de debate real los países dependientes
han asumido pasivamente los costos de la contaminación de aquellos
países que no sólo no frenarán, sino que seguramente aumentarán (3) sus
emisiones de CO2. Quienes pueden aún revertir esto tienen la palabra.
Notas:
1) Century, al igual que RothC, son dos de los modelos más usados para
simular la dinámica del C. Para calibrar cualquiera de estos modelos,
se requiere una base de datos, en cantidad y calidad, poco usual en los
países en desarrollo.
2) Por su sigla en inglés, Intergovernmental Panel on Climate Change
3) Naomi Klein en:
www.jornada.unam.mx/2009/11/08/index.php?section=opinion&article=022a1mun
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