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Petróleo en Latinoamerica -
Región Sudamericana
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Martes, 08 de Junio de 2010 14:00 |
Suave Patria, vendedora de chía:
/
quiero
raptarte en la cuaresma opaca,/
sobre
un garañón, y con matraca,/
y
entre los tiros de la policía. .-
R. López Velarde, La suave patria
No falta ironía en el hecho de que las repúblicas nacionales que se
erigieron en el siglo XIX en América latina terminaran por comportarse
muy a pesar suyo precisamente de acuerdo a un modelo que declaraban
detestar, el de su propia modernidad –la modernidad barroca,
configurada en el continente americano durante los siglos XVII y
XVIII-. Pretendiendo “modernizarse”, es decir, obedeciendo a un claro
afán de abandonar el modelo propio y adoptar uno más exitoso en
términos mercantiles –si no el anglosajón al menos el de la modernidad
proveniente de Francia e impuesto en la península ibérica por el
Despotismo Ilustrado-, las capas poderosas de las sociedades
latinoamericanas se vieron compelidas a construir repúblicas o estados
nacionales que no eran, que no podían ser, como ellas lo querían,
copias o imitaciones de los estados capitalistas europeos; que debieron
ser otra cosa: representaciones, versiones teatrales, repeticiones
miméticas de los mismos; edificios en los que, de manera
inconfundiblemente barroca, lo imaginario tiende a ponerse en el lugar
de lo real.
Y es que sus intentos de seguir, copiar o imitar el productivismo
capitalista se topaban una y otra vez con el gesto de rechazo de la
“mano invisible del mercado”, que parecía tener el encargo de encontrar
para esas empresas estatales de la América latina una ubicación
especial dentro de la reproducción capitalista global, una función
ancilar. En la conformación conflictiva de la tasa de ganancia
capitalista, ellas vinieron a rebajar sistemáticamente la participación
que le corresponde forzosamente a la renta de la tierra, recobrando así
para el capital productivo, mediante un bypass, una parte del plusvalor
generado bajo este capital y aparentemente “desviado” para pagar por el
uso de la naturaleza que los señores (sean ellos privados, como los
hacendados, o públicos, como la república) ocupan con violencia.
Gracias a esas empresas estatales, a la acción de sus “fuerzas vivas”,
las fuentes de materia prima y de energía -cuya presencia en el
mercado, junto a la de la fuerza de trabajo barata de que disponen,
constituye el fundamento de su riqueza- vieron especialmente reducido
su precio en el mercado mundial. En estados como los latinoamericanos,
los dueños de la tierra, públicos o privados, fueron llevados “por las
circunstancias” a cercenar su renta, y con ello indirectamente la renta
de la tierra en toda la “economía-mundo” occidental, en beneficio de la
ganancia del capital productivo concentrado en los estados de Europa y
Norteamérica. Al hacerlo, condenaron a la masa de dinero-renta de sus
propias repúblicas a permanecer siempre en calidad de capital en
mercancías, sin alcanzar la medida crítica de dinero-capital que iba
siendo necesaria para dar el salto hacia la categoría de capital
productivo, quedando ellos también –pese a los contados ejemplos de
“prohombres de la industria y el progreso”- en calidad de simples
rentistas disfrazados de comerciantes y usureros, y condenando a sus
repúblicas a la existencia subordinada que siempre han tenido. Sin
embargo, disminuida y todo, reducida a una discreta “mordida” en esa
renta devaluada de la tierra, la masa de dinero que el mercado ponía a
disposición de las empresas latinoamericanas y sus estados resultó
suficiente para financiar la vitalidad de esas fuerzas vivas y el
despilfarro “discretamente pecaminoso” de los happy few que se reunían
en torno a ellas. La sobrevivencia de los otros, los cuasi “naturales”,
los socios no plenos del estado o los semi-ciudadanos de la república,
siguió a cargo de la naturaleza salvaje y de la magnanimidad de “los de
arriba”, es decir, de la avara voluntad divina. Pero, sobre todo, las
ganancias de estas empresas y sus estados resultaron suficientes para
otorgar verosimilitud al remedo o representación mimética que permitía
a éstos últimos jugar a ser lo que no eran, a hacer “como si” fueran
estados instaurados por el capital productivo, y no simples asambleas
de terratenientes y comerciantes al servicio del mismo.
Privadas de esa fase o momento clave en el que la reproducción
capitalista de la riqueza nacional pasa por la reproducción de la
estructura técnica de sus medios de producción –por su ampliación,
fortalecimiento y renovación-, las repúblicas que se asentaron sobre
las poblaciones y los territorios de la América latina han mantenido
una relación con el capital -con el “sujeto real” de la historia
moderna, salido de la enajenación de la subjetividad humana- que ha
debido ser siempre demasiado mediata o indirecta. Desde las
“revoluciones de independencia” han sido repúblicas dependientes de
otros estados mayores, más cercanos a ese sujeto determinante;
situación que ha implicado una disminución substancial de su poder real
y, consecuentemente, de su soberanía. La vida política que se ha
escenificado en ellas ha sido así más simbólica que efectiva; casi nada
de lo que se disputa en su escenario tiene consecuencias verdaderamente
decisivas o que vayan más allá de lo cosmético. Dada su condición de
dependencia económica, a las repúblicas nacionales latinoamericanas
sólo les está permitido traer al foro de su política las disposiciones
emanadas del capital una vez que éstas han sido ya filtradas e
interpretadas convenientemente en los estados donde él tiene su
residencia preferida. Han sido estados capitalistas adoptados sólo de
lejos por el capital, entidades ficticias, separadas de “la realidad”.
[1]
De todos modos, la pregunta está ahí: los resultados de la fundación
hace dos siglos de los estados nacionales en los que viven actualmente
los latinoamericanos y que los definen en lo que son, ¿no justifican de
manera suficiente los festejos que tienen lugar este año? ¿Los
argentinos, brasileños, mexicanos, ecuatorianos, etcétera, no deben
estar orgullosos de ser lo que son, o de ser simplemente “latinos”?
No cabe duda de que, incluso en medio de la pérdida de autoestima más
abrumadora es imposible vivir sin un cierto grado de autoafirmación, de
satisfacción consigo mismo y por tanto de “orgullo” de ser lo que se
es, aunque esa satisfacción y ese “orgullo” deban esconderse tanto que
resulten imperceptibles. Y decir autoafirmación es lo mismo que decir
reafirmación de identidad. Resulta por ello pertinente preguntarse si
esa identidad de la que los latinoamericanos pudieran estar orgullosos
y que tal vez quisieran festejar feliz e ingenuamente en este año no
sigue siendo tal vez precisamente la misma identidad embaucadora,
aparentemente armonizadora de contradicciones insalvables entre
opresores y oprimidos, ideada ad hoc por los impulsores de las
repúblicas “poscoloniales” después del colapso del Imperio Español y de
las “revoluciones” o “guerras de independencia” que lo acompañaron. Una
identidad que, por lo demás, a juzgar por la retórica ostentosamente
bolivariana de los mass media que en estos días convocan a exaltarla,
parece fundirse en otra, de igual esencia que la anterior pero de
alcances continentales: la de una nación omniabarcante, la “nación
latina”, que un espantoso mega-estado capitalista latinoamericano, aún
en ciernes, estaría por poner en pie. Y es que, juzgado con más calma,
el orgullo por esta identidad tendría que ser un orgullo bastante
quebrado; en efecto, se trata de una identidad afectada por dolencias
que la convierten también, y convincentemente, en un motivo de
vergüenza, que despiertan el deseo de apartarse de ella.
La “Revolución” de Independencia, acontecimiento fundante de las
repúblicas latinoamericanas que se auto-festejan este año, vino a
reeditar, “corregido y aumentado” el abandono que el Despotismo
Ilustrado trajo consigo de una práctica de convivencia pese a todo
incluyente que había prevalecido en la sociedades americanas durante
todo el largo “siglo barroco”, la práctica del mestizaje; una práctica
que –pese a sufrir el marcado efecto jerarquizador de las instituciones
monárquicas a las que se sometía- tendía hacia un modo bastante abierto
de integración de todo el cuerpo social de los habitantes del
continente americano. Bienvenido por la mitad hispanizante de los
criollos y rechazado por la otra, la de los criollos aindiados, el
Despotismo Ilustrado llegó, importado de la Francia borbónica. Con él
se implantó en América la distinción entre “metrópolis” y “colonia” y
se consagró al modo de vida de la primera, con sus sucursales
ultramarinas, como el único “portador de civilización”; un modo de vida
que, si quería ser consecuente, debía primero distinguirse y apartarse
de los modos de vida de la población natural colonizada, para proceder
luego a someterlos y aniquilarlos. Este abandono del mestizaje en la
práctica social, la introducción de un “apartheid latino” que, más allá
de jerarquizar el cuerpo social, lo escinde en una parte convocada y
otra rechazada, están en la base de la creación y la permanencia de las
repúblicas latinoamericanas. Se trata de repúblicas cuyo carácter
excluyente u “oligárquico” -en el sentido etimológico de “concerniente
a unos pocos”-, propio de todo estado capitalista, se encuentra
exagerado hasta el absurdo, hasta la automutilación. Los “muchos” que
han quedado fuera de ellas son nada menos que la gran población de los
indios que sobrevivieron al “cosmocidio” de la Conquista, los negros
esclavizados y traídos de África y los mestizos y mulatos “de baja
ralea”. Casi un siglo después, los mismos criollos franco-iberizados
–“neoclásicos”- que desde la primera mitad del siglo XVIII se habían
impuesto con su “despotismo ilustrado” sobre los otros, los
indianizados –“barrocos”- pasaron a conformar, ya sin el cordón
umbilical que los ataba a la “madre patria” y sin el estorbo de los
españoles peninsulares, la clase dominante de esas repúblicas que se
regocijan hoy orgullosamente por su eterna juventud.
El proyecto implícito en la constitución de estas repúblicas
nacionales, que desde el siglo XIX comenzaron a flotar como islotes
prepotentes sobre el cuerpo social de la población americana,
imbuyéndole sus intenciones y su identidad, tenía entre sus contenidos
una tarea esencial: retomar y finiquitar el proceso de conquista del
siglo XVI, que se desvirtuó durante el largo siglo barroco. Es esta
identidad definida en torno a la exclusión, heredada de los criollos
ilustrados ensoberbecidos, la misma que, ligeramente transformada por
doscientos años de historia y la conversión de la modernidad europea en
modernidad “americana”, se festeja en el 2010 con bombos y platillos
pero –curiosamente- “bajo estrictas medidas de seguridad”. Se trata de
una identidad que sólo con la ayuda de una fuerte dosis de cinismo
podría ser plenamente un motivo de “orgullo”. . . a no ser que, en
virtud de un wishful thinking poderoso -acompañado de una desesperada
voluntad de obnubilación-, como el que campea en Sudamérica
actualmente, se la perciba en calidad de sustituida ya por otra futura,
totalmente transformada en sentido democrático.
Sorprende la insistencia con que los movimientos y los líderes que
pretenden construir actualmente la nueva república latinoamericana se
empeñan en confundir –como pareciera que también López Velarde lo hace
en su Suave patria- [2], bajo el nombre de Patria, un continuum que
existiría entre aquella nación-de-estado construida hace doscientos
años como deformación de la “nación natural” latinoamericana, con su
identidad marmórea y “neoclásica”, y esta misma “nación natural”, con
su identidad dinámica, variada y evanescente; un continuum que,
sarcásticamente, no ha consistido de hecho en otra cosa que en la
represión de ésta por la primera. Es como si quisieran ignorar o
desconocer, por lo desmovilizador que sería reconocerla, aquella
“guerra civil” sorda e inarticulada pero efectiva y sin reposo que ha
tenido y tiene lugar entre la nación-de-estado de las repúblicas
capitalistas y la comunidad latinoamericana en cuanto tal, en tanto que
marginada y oprimida por éstas y por lo tanto contraria y enfrentada a
ellas. Se trata de una confusión que lleva a ocultar el sentido
revolucionario de ese wishful thinking de los movimientos sociales, a
desdeñar la superación del capitalismo como el elemento central de las
nuevas repúblicas y a contentarse con quitar lo destructivo que se
concentraría en lo “neo-“ del “neo-liberalismo” económico, restaurando
el liberalismo económico “sin adjetivos” y remodelándolo como un
“capitalismo con rostro humano”. Es un quid pro quo que, bajo el
supuesto de una identidad común transhistórica, compartida por
opresores y oprimidos, explotadores y explotados, integrados y
expulsados, pide que se lo juzgue como un engaño históricamente
“productivo”, útil para reproducir la unidad y la permanencia
indispensables en toda comunidad dotada de una voluntad de
trascendencia. Un quid pro quo cuya eliminación sería un acto “de lesa
patria”.
Desde un cierto ángulo, las “Fiestas del bicentenario”, más que de
conmemoración, parecen fiestas de auto-protección contra el
arrepentimiento. Al fundarse, las nuevas repúblicas estuvieron ante una
gran oportunidad, la de romper con el pasado despótico ilustrado y
recomponer el cuerpo social que éste había escindido. En lugar de ello,
sin embargo, prefirieron exacerbar esa escisión –“último día de
despotismo y primero de lo mismo”, se leía en la pinta de un muro en el
Quito de entonces- sacrificando la posible integración en calidad de
ciudadanos de esos miembros de la comunidad que el productivismo
ilustrado había desechado por “disfuncionales”. Y decidieron además
acompañar la exclusión con una parcelización de la totalidad orgánica
de la población del continente americano, que era una realidad
incuestionable pese a las tan invocadas dificultades geográficas.
Enfrentadas ahora a los resultados catastróficos de su historia
bicentenaria, lo menos que sería de esperar de ellas es un ánimo de
contrición y arrepentimiento. Pero no sucede así, lo que practican es
la “denegación”, la “transmutación del pecado en virtud”. Esta cegera
autopromovida ante el sufrimiento que no era necesario vivir pero que
se vivió por culpa de ellas durante tanto tiempo las aleja de todo
comportamiento autocrítico y las lleva por el contrario a levantar
arcos triunfales y abrir concursos de apología histórica entre los
letrados y los artistas.
Los de este 2010 son festejos que en medio de la autocomplacencia que
aparentan no pueden ocultar un cierto rasgo patético; son ceremonias
que se delatan y muestran en el fondo algo de conjuro contra una muerte
anunciada. En medio de la incertidumbre acerca de su futuro, las
repúblicas oligárquicas latinoamericanas buscan ahora la manera de
restaurarse y recomponerse aunque sea cínicamente haciendo más de lo
mismo, malbaratando la migaja de soberanía que aún queda en sus manos.
Festejan su existencia bicentenaria y a un tiempo, sin confesarlo, usan
esos festejos como amuletos que les sirvan para ahuyentar la amenaza de
desaparición que pende sobre ellas.
El aparato institucional republicano fue diseñado en el siglo XIX para
organizar la vida de los relativamente pocos propietarios de
patrimonio, los únicos ciudadanos verdaderos o admitidos realmente en
las repúblicas. Con la marcha de la historia debió sin embargo ser
utilizado políticamente para resolver una doble tarea adicional: debía
primero atender asuntos que correspondían a una “base social” que las
mismas repúblicas necesitaban ampliar y que lo conseguían abriéndose
dosificadamente a la población estructuralmente marginalizada pero sin
afectar y menos abandonar su inherente carácter oligárquico. Era un
aparato condenado a vivir en crisis permanente. “Anti-gattopardiano”,
suicida, el empecinamiento de estas repúblicas en practicar un
“colonialismo interno” -ignorando la tendencia histórica general que
exigía ampliar el sustento demográfico de la democracia- las llevó a
dejar que su vida política se agostara hasta el límite de la
ilegitimidad, provocando así el colapso de ese aparato. Ampliado y
remendado sin ton ni son, burocratizado y distorsionado al tener que
cumplir una tarea tan contradictoria, el aparato institucional vio
agudizarse su disfuncionalidad hasta el extremo de que la propia ruling
class comenzó a desentenderse de él. Abdicando del encargo bien pagado
que le había hecho el capital y que la convirtió en una élite
endogámica estructuralmente corrupta; tirando al suelo el tablero del
juego político democrático representativo y devolviéndole al capital
“en bruto” el mando directo sobre los asuntos públicos, esta ruling
class se disminuyó a sí misma hasta no ser más que un conglomerado
inorgánico de poderes fácticos, dependientes de otros trans-nacionales,
con sus mafias de todo tipo –lo mismo legales que delincuenciales- y
sus manipuladores mediáticos.
Prácticamente desmantelada y abandonada por sus dueños “verdaderos”, la
“supraestructura política” que estas repúblicas se dieron originalmente
y sin la cual decían no poder existir, se encuentra en nuestros días en
medio de un extraño fenómeno; está pasando a manos de los movimientos
socio-políticos anti-oligárquicos y populistas que antes la repudiaban
tanto o más de lo que ella los rechazaba. Son estos movimientos los que
ahora, después de haberse “ganado el tigre en la feria”, buscan forzar
una salida de su perplejidad y se apresuran a resolver la alternativa
entre restaurar y revitalizar esa estructura institucional o desecharla
y sustituirla por otra. Se trata de conglomerados sociales dinámicos
que han emergido dentro de aquella masa “politizada” de marginales y
empobrecidos, generada como subproducto de la llamada “democratización”
de las repúblicas oligárquicas latinoamericanas; una masa que, sin
dejar de estar excluida de la vida republicana, había sido
semi-integrada en ella en calidad de “ejército electoral de reserva”.
Las “fiestas del bicentenario”, convocadas al unísono por todos los
gobiernos de las repúblicas latinoamericanas y organizadas por separado
en cada una de ellas, parecerían ser eventos completamente ajenos a
“los de abajo”, espectáculos republicanos “de alcurnia”, transmitidos
en toda su fastuosidad por los monopolios televisivos, a los que esas
mayorías sólo asistirían en calidad de simples espectadores
boquiabiertos, entusiastas o aburridos. Sin embargo, son fiestas que
esas mayorías han hecho suyas, y no sólo para ratificar su “proclividad
festiva” mundialmente conocida, sino para hacer evidente, armados
muchas veces sólo de la ironía, la realidad de la exclusión soslayada
por la ficción de la república bicentenaria.
Las naciones oligárquicas y las respectivas identidades artificialmente
únicas y unificadoras, a las que las distintas porciones de esa
población pertenecen tangencialmente, no han sido capaces de
constituirse en entidades incuestionablemente convincentes y
aglutinadoras. Su debilidad es la de la empresa histórica estatal que
las sustenta; una debilidad que exacerba la que la origina. Doscientos
años de vivir en referencia a un estado o república nacional que las
margina sistemáticamente, pero sin soltarlas de su ámbito de
gravitación, han llevado a las mayorías de la América latina a
apropiarse de esa nacionalidad impuesta, y a hacerlo de una manera
singular.
La identidad nacional de las repúblicas oligárquicas se confecciona a
partir de las características aparentemente “únicas” del patrimonio
humano del estado, asentado con sus peculiares usos y costumbres sobre
el patrimonio territorial del mismo. Es el resultado de una
funcionalización de las identidades vigentes en ese patrimonio humano,
que adapta y populariza convenientemente dichos usos y costumbres de
manera que se adecuen a los requerimientos de la empresa estatal en su
lucha económica con los otros estados sobre el escenario del mercado
mundial.
La innegable gratuidad o falta de necesidad del artificio nacional es
un hecho que en la América latina se pone en evidencia con mucha mayor
frecuencia y desnudez que en otras situaciones histórico-geográficas de
la modernidad capitalista. Pero es una gratuidad que, aparte de
debilitar al estado, tiene también efectos de otro orden. Ella es el
instrumento de una propuesta civilizatoria moderna, aunque reprimida en
la modernidad establecida, acerca de la autoafirmación identitaria de
los seres humanos. La “nación natural”3 mexicana o brasileña no sólo no
pudo ser sustituida por la nación-de-estado de estos países sino que,
al revés, es ella la que la ha rebasado e integrado lentamente. En
virtud de lo precario de su imposición, la nación-de-estado les ha
servido a las naciones latinoamericanas como muestra de la gratuidad o
falta de fundamento de toda autoafirmación identidad, lo que es el
instrumento idóneo para vencer la tendencia al substancialismo
regionalista que es propio de toda nación moderna bien sustentada. Muy
pocos son, por ejemplo, los rasgos comunes presentes en la población de
la república del Ecuador –república diseñada sobre las rodillas del
Libertador-, venidos de la historia o inventados actualmente, que
pudieran dar una razón de ser sólida e inquebrantable a la
nación-de-estado ecuatoriana. Sin embargo, es innegable la vigencia de
una “ecuatorianidad” –levantada en el aire, si se quiere, artificial,
evanescente y de múltiples rostros—, que los ecuatorianos reconocen y
reivindican como un rasgo identitario importante de lo que hacen y lo
que son cada caso, y que les abre al mismo tiempo, sobre todo en la
dura escuela de la migración, al mestizaje cosmopolita.
La disposición a la autotransformación, la aceptación dialógica -no
simplemente tolerante- de identidades ajenas, viene precisamente de la
asunción de lo contingente que hay en toda identidad, de su
fundamentación en la pura voluntad política, y no en algún encargo
mítico ancestral, que por más terrenal que se presente termina por
volverse sobrenatural y metafísico. Esta disposición es la que da a la
afirmación identitaria de las mayorías latinoamericanas -concentrada en
algo muy sutil, casi sólo una fidelidad arbitraria a una “preferencia
de formas”-, el dinamismo y la capacidad de metamorfosis que serían
requeridos por una modernidad imaginada más allá de su anquilosamiento
capitalista.
NOTAS: [1] Lo ilusorio de la política real en la vida de estas
repúblicas se ilustra perfectamente en la facilidad con que ciertos
artistas o ciertos políticos han transitado de ida y vuelta del arte a
la política; ha habido novelistas que resultaron buenos gobernantes
(Rómulo Gallegos), y revolucionarios que fueron magníficos poetas
(Pablo Neruda); así como otros que fueron buenos políticos cuando
pintores y buenos pintores cuando políticos. Nada ha sido realmente
real, sino todo realmente maravilloso. [2] La “patria suave” de López
Velarde -aquella que quienes hoy la devastan se dan el lujo hipócrita
de añorar- pese a lo pro-oligáquica que puede tener su apariencia
idílica provinciana (con todo y patrones “generosos” como el de Rancho
Grande), resulta a fin de cuentas todo lo contrario. Es corrosiva de la
exclusión aceptada y consagrada. El erotismo promíscuo de la “nación
natural” que se asoma en ella, subrepticio pero omnibarcante, no
reconoce ni las castas ni las clases que son indispensables en las
repúblicas de la “gente civilizada”, hace burla de su razón de ser.
Bolívar Echeverría (Riobamba, Ecuador, 1941) es profesor emérito de
filosofía en la Facultad de Filosofía de la UNAM, México. En 2006,
recibió en Caracas el Premio Libertador Simón Bolívar al Pensamiento
Crítico.
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