viernes 15 de enero de 2010
ARGENPRESS
Latinoamérica I: Comparaciones y explicaciones de la crisis
Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
El alivio que ha sucedido al duro impacto inicial de la crisis
reproduce en América Latina una tendencia mundial. A mediados del 2008
irrumpió la recesión, el incremento del desempleo y la retracción del
comercio, a pesar de los socorros a las empresas que improvisaron todos
los gobiernos.
Pero al promediar el año pasado se generalizó la distensión financiera,
se contuvo la compresión del crédito y la desvalorización de las
materias primas. El producto bruto sufrió un significativo retroceso,
pero tendería a recuperarse durante el 2010. ¿Qué dimensión presenta
esta crisis, en comparación a las eclosiones que sacudieron a la región
en las últimas décadas? (1)
Magnitudes y comparaciones
El PBI latinoamericano aumentó 4,1% en el 2008, declinaría 1,8% en el
2009 y volvería a subir 4,1% en el 2010. Este vaivén también sigue los
lineamientos internacionales, con porcentuales más favorables que los
países desarrollados y más adversos que las economías ascendentes de
Asia. Este resultado intermedio confirma que el impacto ha sido
inferior al Primer Mundo, pero no tan atenuado como en China o la India.
El estallido no se originó esta vez en América Latina, sino en el
epicentro del capitalismo. No sucedió a los descalabros de la deuda
externa, los desmoronamientos fiscales o las fuertes devaluaciones, que
periódicamente acosan a la región. Esta localización externa destruye
el mito de la invariable responsabilidad autóctona de las desgracias
que padece la zona. Nadie puede atribuir el vendaval actual a la
“corrupción de los funcionarios”, a la “escasa disciplina de la
población” o la “menguante laboriosidad de los trabajadores”. Los
neoliberales han debido resignar su argumento predilecto para explicar
el temblor en la región.
El detonante externo es ahora esgrimido para exculpar a las clases
dominantes locales de cualquier responsabilidad, olvidando que el
capitalismo no funciona en otra galaxia. América Latina está inserta en
un sistema que periódicamente soporta conmociones globales. Las mismas
convulsiones que ahora desplomaron a los bancos estadounidenses,
arrasaron en varias oportunidades a las finanzas de la periferia. Las
crisis cambian de localización, pero obedecen siempre a un mismo
determinante capitalista.
Al confirmar esta inestabilidad estructural del sistema, el nuevo
estallido sacudió al establishment latinoamericano, que se había
acostumbrado a un quinquenio de crecimiento y apostaba a un período
semejante de apacibles negocios.
Pero el efecto de esta crisis ha sido muy desigual. El gran desplome
del 7% del PBI que afectó a México dista de la moderada caída que
soportó Brasil (uno o dos puntos). Mientras que Centroamérica sufrió el
efecto inmediato de la recesión estadounidense, las economías
diversificadas de Sudamérica lograron atemperar esa incidencia.
El origen estadounidense del crack y su menor impacto relativo sobre
América Latina constituyen, hasta ahora, los únicos puntos en común de
la eclosión reciente con la depresión del 30. Las comparaciones con los
colapsos más recientes de las últimas dos décadas de neoliberalismo son
más aleccionadoras. (2)
La recesión actual sería más aguda que las registradas durante 1990 y
2002 (caídas de PBI menores de un punto), pero no alcanzaría la
gravedad de 1983 (declinación de 2,6%). Sería un shock profundo, pero
de incidencia inferior a la “década perdida” del 80 o a la “media
década perdida” de 1998-2003. (3)
En los derrumbes de esos períodos se verificaron desmoronamientos más
dramáticos del PBI en varios países. Hubo colapsos de 17 % en Chile
(1983-84), 10 % en México (1994), 11 % Argentina (2001-02) y declives
muy pronunciados de Brasil (1998). La crisis actual presenta hasta
ahora una magnitud inferior a esos antecedentes.
Sólo en México la escala de la tormenta presenta semejanzas con el
Tequila de 1994, tanto en la regresión industrial, cómo en la expansión
del desempleo. Pero la turbulencia actual no ha incluido los
desmoronamientos de bancos y la pulverización de la moneda, que
condujeron en esa oportunidad al inédito socorro de la Reserva Federal.
El brusco freno que ha sufrido la economía argentina tampoco guarda
punto de comparación con la histórica catástrofe del 2001. La crisis ha
puesto fin a un quinquenio de alto crecimiento, pero no produjo el
desplome de un modelo (convertibilidad), ni generó cesaciones de pago,
confiscaciones de depósitos bancarios o descalabros monetarios.
El mismo contraste se extiende a Brasil. La principal economía
latinoamericana fue muy golpeada el año pasado, pero la devaluación
inicial no precipitó fugas de capital, depreciaciones monetarias,
rebrotes inflacionarios o astronómicos ascensos de las tasas de
interés. Estos episodios acompañaron, en cambio, al ocaso del cruzado
(1986), al fin del plan Collor (1990) y a la última quiebra fiscal
(1999). La conmoción actual se ha caracterizado por un tipo de
transmisión muy diferente.
Mayor impacto comercial que financiero
A diferencia de lo ocurrido en los 80 y 90 el efecto financiero de la
crisis no ha sido significativo. La colocación internacional de bonos
públicos se mantuvo con tasas de rendimiento elevadas y la severa caída
inicial de las bolsas fue seguida por una persistente recuperación. En
la segunda mitad del 2009, los mercados bursátiles de Brasil, Chile,
Perú o Colombia registraron incrementos del 100%.
Por otra parte, el volumen de las reservas supera al nivel predominante
durante las crisis de las últimas décadas y la carga del endeudamiento
externo ha bajado. Estos pasivos (netos de reservas internacionales)
equivalían al 6% de PIB (2008), frente al 30% predominante durante las
eclosiones anteriores. (4)
Esta menor gravitación de los desequilibrios financieros ha reducido el
interés de las interpretaciones centradas en esta órbita. También el
énfasis en los aspectos monetarios ha decaído, ante la limitada
corrosión sufrió que esta vez el sistema bancario.
Pero este cambio no es obra de la naturaleza. Reflejó la monumental
transformación que sufrieron las entidades financieras, como
consecuencia del tendal de quebrantos generados por las últimas crisis.
Los bancos de la región han sido menos golpeados que sus equivalentes
del Primer Mundo por haber procesado la depuración, actualmente en
curso en las entidades de Estados Unidos y Europa.
Pero esta mayor consistencia poscrisis es un arma de doble filo, ya que
atrae nuevas burbujas hacia la región. En un marco de bajas tasas de
interés y alto riesgo de los bancos metropolitanos, los capitales de
corto plazo afluyen a la zona para lucrar con los vaivenes de las
acciones, los inmuebles y las monedas. Esta llegada de fondos
contrasta, con la caída de 35- 45% de la inversión extranjera de largo
plazo, que se registró durante el 2009.
Los conocidos efectos desestabilizadores que genera este arribo de
capitales golondrinas han conducido a introducir restricciones
(especialmente en Brasil). Pero si la rentabilidad de esas operaciones
persiste, las barreras podrían quedar neutralizadas por otras vías de
ingreso de los mismos fondos.
En esta oportunidad, el tradicional canal financiero de transmisión de
la crisis ha sido reemplazado por un impacto comercial. La súbita caída
de los precios (29%) y del volumen de las exportaciones, que se observó
entre el comienzo de la crisis (septiembre 2008) tiene pocos
precedentes. Aunque alcanzó un piso (junio del año siguiente) y fue
seguido de una nueva apreciación de las materias primas, el resultado
final de esta oscilación es incierto.
La renovada demanda de China, India y otras economías intermedias
podría estabilizar estos precios, determinando una inédita gravitación
de las compras asiáticas sobre el ciclo comercial latinoamericano. Pero
este cambio de comprador no altera la fuerte atadura de la región al
vaivén de cotizaciones de los bienes exportados. El ascenso de estos
precios permitió cinco años de continuada reactivación y la reciente
recuperación ha operado cómo un salvavidas de poca consistencia.
Regresión social y deterioro popular
El estallido de la crisis provocó un inmediato aumento de 1% de la
desocupación en la región. Al menos tres millones de personas perdieron
su empleo durante los primeros meses del 2009, revirtiendo la moderada
recuperación de puestos de trabajo, que se registró durante el
crecimiento del quinquenio precedente.
Las últimas estimaciones indican un incremento del 7,4 al 8,3% (o 9%)
de la tasa promedio de desocupación. Esta media incide en forma
variable en las distintas economías (Argentina 8,8%, Chile 10,7%,
México 6,12%). El paro comenzó golpeando a los asalariados de las
industrias más internacionalizadas y terminó afectando duramente a los
trabajadores precarizados e informales. En la juventud el desempleo
duplica el promedio general. Hay 50 millones de jóvenes
latinoamericanos que se encuentran totalmente afuera del sistema
educativo y 20 millones de niños trabajan en condiciones infrahumanas.
(5)
Este agravamiento del desempleo coincide con una expansión de la
pobreza, que afectaría a un rango de 6 a 10 millones de individuos. El
porcentaje de los desamparados latinoamericanos continuará girando en
torno al 40% de la población, con picos de agravamiento en las
recesiones y reducidas mejoras durante las reactivaciones. Este océano
de pobres alimenta crecientes formas de precariedad laboral en todos
los países. (6)
En las naciones más desguarnecidas la irrupción de la crisis incluyó,
además, la desgracia del hambre. Este flagelo es un resultado directo
de la reconversión neoliberal del agro, que acentuó la especialización
exportadora, el éxodo rural y la falta de alimentos. América Latina
participa con 53 millones de individuos en el mapa mundial de la
desnutrición. (7)
Otra consecuencia de la crisis ha sido la abrupta reducción de las
remesas. Esta disminución de los envíos familiares afecta
particularmente a los países centroamericanos, que sufrieron una
verdadera desarticulación demográfica. Uno de cada 10 mexicanos reside
en Estados Unidos y sus transferencias de fondos se han tornado
vitales, al pasar de 7.500 millones de dólares (2000) a 26.000 millones
(2007). (8)
En los últimos meses del 2009 se verificó incluso el inédito fenómeno
de remesas inversas, es decir giros realizados desde el Sur hacia los
familiares que perdieron su empleo en el Norte. Pero el retorno a casa
no parece una opción, en el cuadro actual de recesión agravada por la
gripe porcina y el desplome de turismo.
La crisis también deteriora la distribución del ingreso, recreando el
ensanchamiento de la brecha social, que se atenuó levemente durante el
reciente ciclo de crecimiento. El índice Gini (que mide este desnivel)
registraría un incremento del 0,47% al 0,51%.
Para una región que padece los mayores índices de desigualdad del
planeta, las consecuencias de cualquier desmejora en esta área son
dramáticas. Basta observar las cifras predominantes en la principal
economía de la región, para notar la dimensión de esa asimetría. En
Brasil el 10 % más rico posee casi el 75% de la riqueza total y el 45%
de estos recursos es acaparado por 5000 familias, localizadas en cuatro
ciudades. (9)
La desintegración social que generan estos niveles de desigualdad se
traduce en un explosivo incremento de la criminalidad. Las pandillas
son reclutadas entre jóvenes desempleados que soportan la marginalidad
urbana, potenciada por la destrucción de las comunidades agrarias. Una
multitud de individuos sin trabajo, oficio u horizonte de vida ha sido
empujada a esa informalidad por la reconversión capitalista de las
últimas décadas.
La delincuencia se ha expandido, además, por la cultura del consumismo
y de la ostentación que propagó el neoliberalismo, mientras demolía el
nivel de vida las familias obreras. Los capitalistas que causaron esta
tragedia, ahora protestan vivamente contra sus efectos, especialmente
cuando padecen en carne propia los secuestros o robos sanguinarios, que
caracterizan a la nueva criminalidad. Los responsables de esta
degradación también se quejan de la baja formación educativa, cómo si
la regresión en este plano fuera ajena al aniquilamiento sufrido por la
escuela pública.
Explicación por intervencionismo
Los voceros de CEPAL han acompañado las oscilantes interpretaciones de
la crisis que expusieron los economistas más afamados. Primero
caracterizaron la eclosión como el mayor estallido de la posguerra y al
poco tiempo, diagnosticaron un súbito fin de ese desmoronamiento.
Ponderaron, además, la madurez y capacidad de resistencia que ha
exhibido América Latina frente a estos temblores. (10)
En ningún momento aclararon cómo se produjo el mágico pasaje de una
catástrofe económica a una recaída irrelevante. En cambio, atribuyeron
la novedosa capacidad que ha mostrado la zona para atemperar la crisis
global, a las políticas heterodoxas de intervención estatal. Algunos
autores contrastaron estas acciones con la parálisis o ineficacia, que
impuso en ocasiones anteriores, la subordinación ortodoxa a los
dictados del mercado.
La intervención del estado ha sido efectivamente un dato generalizado,
que se manifestó en distinto tipo de medidas. Algunas tendieron a
disuadir el aumento de las tasas de interés y otras a sostener
parcialmente la demanda mediante la expansión monetaria. Esta política
predominó con diversos matices en casi todos los países, desmintiendo
la apología neoliberal a las cualidades autocorrectivas del mercado.
Pero esta orientación no fue un invento latinoamericano. Acompañó una
tendencia mundial que asumió mayor intensidad en Estados Unidos y
Europa.
Pero esta intervención ha sido posible en la región por la existencia
de reservas acumuladas durante la prosperidad del 2003-08. Como en ese
período se registraron tasas de crecimiento del 5% anual y mejoras de
los términos de intercambio del 100%, los gobiernos contaron con un
margen de acción inexistente en los colapsos anteriores. Aprovecharon
la coyuntura creada por el primer período de crecimiento
latinoamericano superior a las economías desarrolladas desde la
posguerra. Especialmente el auge externo proveyó ingresos fiscales, que
permitieron evitar la repetición de la bancarrota mexicana de los 80 o
el quebranto argentino del 2001.
Pero la intervención que pondera CEPAL no fue neutra. Socorrió con
fondos públicos a los grandes bancos o empresas, mediante auxilios que
excluyeron la redistribución de ingresos. El incremento del gasto
público benefició a las clases dominantes y solo incorporó
compensaciones secundarias en el área social.
La atención que igualmente se ha puesto en evitar un desplome del poder
adquisitivo, refleja el temor que han dejado las grandes rebeliones
populares de las últimas décadas. Más que una repentina inclinación por
la heterodoxia, en la cúpula del poder ha estado fresco el recuerdo de
esos levantamientos sociales.
Explicación por ajuste
Los economistas ortodoxos atribuyen el limitado impacto de la crisis en
la región a la aplicación de estrictas políticas de superávit fiscal,
restricción monetaria y endeudamiento controlado. Consideran que esta
sobriedad permitió afrontar con sólidos escudos el vendaval externo.
(11)
Esta caracterización registra la existencia de un contexto fiscal y
monetario efectivamente distinto al pasado reciente. La deuda regional
equivalente al 53% del PBI y al 365% de exportaciones en 1987 se redujo
al 21% y el 87% de estos guarismos en el 2008. También los bancos
presentan un nivel más acotado de apalancamiento, en un marco de
endeudamiento público y privado más reducido. (12)
Pero este escenario no fue forjado con sobriedad administrativa. Ha
sido el resultado de un ajuste social brutal, que incluyó procesos de
licuación de deudas, desvalorización de capital y transferencias de
ingresos solventados por las mayorías populares.
Los neoliberales omiten esta cirugía, que también condujo a la
reorganización de las finanzas a favor de un grupo más selecto de
entidades. Estas limpiezas han convertido por ejemplo a Brasil, en un
niño mimado del establishment global. El país recibe altas
calificaciones de los banqueros (investment grade) e incluso presta
plata al FMI. Luego de una escalada de quiebras (1994), que centralizó
todo el sistema en pocas manos, las principales instituciones
sobrevivientes se han especializado en operaciones con derivados y
opciones. Sólo 25 entidades controlan el 81% de los activos y mantienen
altos lucros de intermediación, en un marco de mayor estabilidad
monetaria.
En México se consumó un proceso semejante luego del colapso de 1994.
Pero en este caso, la concentración de bancos se produjo junto a la
extranjerización de todo el sistema, especialmente luego del pasaje del
Banamex al Citigrup y del Bancomer al BBVA. Toda la estructura de
préstamos ha quedado, además, muy conectada a la subordinación
económica a Estados Unidos.
En Argentina la reorganización bancaria sucedió al descomunal colapso
del 2001-02. Aquí no sólo hubo cierre y venta de entidades, sino
también expropiaciones de depósitos, canjes compulsivos de las deudas,
pesificaciones de acreencias dolarizadas y default de bonistas. La
magnitud de este estallido terminó limitando la hegemonía lograda por
las finanzas durante los años 90, pero no revirtió una estructura
financiera retrógrada y concentrada. Sólo 10 entidades controlan el 77
% de los depósitos. (13)
Cómo procesos semejantes (o más turbulentos) de reorganización bancaria
se registraron en Ecuador y Venezuela (y otros países), la eclosión
reciente llegó a Latinoamérica en el período de reestructuraciones que
sucede a las crisis. Pero esta coyuntura es frágil y no brinda
protección frente a un rebote del temblor externo o una nueva erosión
endógena. Las causas estructurales de la pulverización sufrida por los
bancos durante los años 80 y 90 persisten y la repetición de esos
estallidos es una posibilidad siempre latente.
Los dos factores que pospusieron este desenlace –altos precios de las
materias primas exportadas y cierto control del déficit fiscal y la
inflación- están sujetos a imprevisibles y repentinos desajustes. Los
economistas ortodoxos presienten esta fragilidad y advierten contra los
peligros que afronta la región. Pero siempre olvidan considerar cuán
responsables son de esa vulnerabilidad.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI
(Economistas de Izquierda).
Notas:
1) Esta evaluación continúa nuestro primer análisis: Katz Claudio,
“América Latina frente a la crisis global”, Crisis capitalista,
economía, política y movimiento, Espacio Crítico Ediciones, Bogotá,
2009.
2) Mientras que en Estados Unidos la crisis se prolongó hasta 1939, en
la mayor parte de América Latina concluyó en 1932-35. Maira Luis,
“¿Cómo afectará la crisis la integración regional?”, Nueva Sociedad, n
224, noviembre-diciembre 2009.
3) Esta evaluación presenta Ocampo José Antonio, “La crisis económica
global”, Nueva Sociedad n 224, noviembre-diciembre 2009.
4) Ocampo La crisis.
5) Rojas Aravena Francisco, “Siete efectos políticos de la crisis
internacional en América Latina”, Nueva Sociedad n 224,
noviembre-diciembre 2009. Fazio Hugo, “Las grandes crisis
latinoamericanas de los últimos 15 años”, La explosión de la crisis
global, LOM, Santiago, 2009. También Página 12, 8-12-09
6) La Nación, 11-11-09, 6-9-09.
7) La Nación, 15-10-09.
8) CEPAL Informe, 15-7-09, La Nación, 22-11-09
9) La Nación, 6-9-09, Página 12, 26-12-09. Pochman Marcio. “El país de
los desiguales”. Le Monde Diplo, diciembre 2007.
10) CEPAL, “Panorama de la inserción internacional de América Latina y
el Caribe”, 10-12-2009, Santiago de Chile. También La Nación, 11-11-09.
11) Esta tesis plantea Arriazu Ricardo, “América Latina logró ser menos
vulnerable”, Clarín, 21-9-09. También Sturzenegger Federico, en Página
12, 2-2-08.
12) Clarín, 21-9-09.
13) Página 12, 27-1-09.
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