En América Latina el papel de los
recursos
naturales energéticos es estratégico, y funciona como objeto de la
competencia cada vez más abierta entre grandes empresas y países. Esto
genera situaciones complejas que involucran tanto a las políticas de
los Estados como a las transnacionales y a los organismos
internacionales, con toda una batería de instrumentos jurídicos,
legales y económicos que mantienen luchas desiguales sometiendo a estos
países ricos, pero empobrecidos, a graves conflictos. Ni los recursos
naturales, ni los Estados autoritarios, como denuncian algunas teorías
sobre la petropolítica, son los causantes de la "maldición" que suponen
estos conflictos a la población, se trata, más bien, de la "mal-acción"
de potencias externas, que ejercen una fuerte presión sobre esta región.
En mayo de 2006 saltaban todas las alarmas mediáticas
del Estado español, el presidente de Bolivia, Evo Morales, firmaba el
Decreto de nacionalización de los hidrocarburos con el fin explícito de
acabar con "el saqueo de nuestros recursos naturales por empresas
extranjeras" 1].
El gobierno bolivariano de Venezuela no se quedaba atrás y, en febrero
de 2007, desarrolló un Decreto Ley que recuperaba más control estatal
en la actividad petrolera [2].
Estos dos movimientos gubernamentales fueron los pioneros en cuestionar
el control de los recursos energéticos por parte de las transnacionales
en América Latina.
En respuesta al logro de esta mayor soberanía
energética se puso en marcha toda la maquinaria mediática de EE UU y
Europa, que anunciaba la extensión de la pobreza, las transnacionales
llamaban a las puertas de las Instituciones Financieras Internacionales
para meter en cintura a estos gobiernos díscolos, y la diplomacia de
los países del Norte tejía una tupida red de presión política y
económica que revocara los cambios legislativos.
Lo que estaba en juego era, ni más ni menos, el control
de los recursos que propulsan el sistema económico actual: los
hidrocarburos. La región latinoamericana es responsable del 13,5 por
ciento del petróleo que se comercializa en el mundo y tiene bajo su
subsuelo el 9,7 por ciento de las reservas globales de crudo y el 4 por
ciento de las de gas [3].
Pero más allá de las cifras, la región tiene un papel clave en la
geopolítica internacional por dos cuestiones: es un territorio
fundamental para el abastecimiento energético de EE UU y, por otro
lado, en ella residen la mayor parte de los intereses de las
transnacionales energéticas españolas.
El codiciado mapa latinoamericano
de los recursos energéticos...
Si trazáramos un mapa ubicando las mayores
concentraciones de hidrocarburos resaltarían tres países: Venezuela, en
primer lugar, tiene el 69 por ciento de las reservas de petróleo de
toda América Latina, y también el 60 por ciento de las reservas de gas [4].
Luego, Brasil que, tras el reciente descubrimiento de un gran
yacimiento en las profundidades marinas [5]
, podría llegar a ser la segunda mayor reserva de petróleo de la
región. Por último, Bolivia es el territorio con las segundas mayores
reservas de gas natural. Aunque la clasificación descrita cambia si el
criterio es la producción que ponen al servicio del mercado, para el
petróleo, se situaría primero México y para el gas lo haría Argentina.
Los países que aparecerían en segunda línea, en cuanto a riqueza de
crudo y gas, serían Ecuador, Perú y Trinidad y Tobago. Este mapa
trazado pone en evidencia que los hidrocarburos siguen el camino del
pie de monte andino hasta llegar a la región caribeña.
Pero el mapa energético de América Latina se completa
con tres recursos más: el carbón, el agua y los agrocombustibles. El
primer recurso tiene mayor abundancia en Brasil, si bien el principal
productor es Colombia. El agua de los ríos representa casi el 60 por
ciento del recurso que utiliza esta región para producir electricidad y
si hablamos de países con mayor potencial hidroeléctrico, sin duda
estaría en cabeza Brasil, que genera así el 84 por ciento de su
electricidad. En cuanto a los agrocombustibles, son potenciados por EE
UU y la UE en calidad de alternativa renovable y ecológica, pero este
carácter requiere de un análisis más profundo, imparcial y considerando
escalas de producción, por los impactos ambientales y sociales que
conlleva su implantación. No obstante, ésta es la alternativa elegida
por algunos países de América Latina que cuentan con grandes espacios
cultivables. Entre ellos destaca Brasil, que sustenta la política más
favorable hacia este recurso.
... y las tensiones generadas
por su control
Toda la riqueza descrita se corresponde, paradójica y
lamentablemente, con países empobrecidos económicamente, que soportan
presiones e históricas resistencias frente a los intereses foráneos,
generadores de guerras, violencia e injusticias. A modo de
contextualización, habría que recordar que los Estados asumían hasta la
década de los noventa un papel regulador con control sobre sus recursos
a través de las empresas energéticas estatales. Posteriormente, y por
imposición de los Programas de Ajuste Estructural a los que se vieron
sometidos, cedieron este control a empresas extranjeras mediante
contratos leoninos para los diferentes Estados.
Como consecuencia de las tensiones políticas generadas
por la presencia de las corporaciones de hidrocarburos, Gobiernos como
el de Venezuela y Bolivia se han rebelado contra el expolio legalizado
y han logrado cambiar el rumbo de las políticas económicas. En el
primer caso, su actual Constitución impide la privatización de PDVSA,
empresa completamente estatal y quinta petrolera más importante a nivel
mundial. Por supuesto, estas medidas legislativas no han estado exentas
de tensiones políticas, basta con recordar el golpe de Estado que
sufrió el Gobierno de Hugo Chávez en abril de 2002. Y también ha
ocasionado, como medida de presión, la salida de cuatro grandes
petroleras [6]
que rechazaron los contratos de explotación propuestos por este Estado.
Aunque siguen estando allí otras como Chevron Texaco, Statoil y Repsol.
En el caso del "corazón geopolítico de Suramérica",
como denomina Chávez a Bolivia, el masivo reclamo de la población
contra el expolio de las corporaciones energéticas condujo a la Guerra
del Gas en octubre de 2003, en la que se organizaron marchas, protestas
de todo tipo y enfrentamientos contra las fuerzas de seguridad que se
cobraron decenas de víctimas mortales. Este grito del pueblo determinó
el proceso de nacionalización de los hidrocarburos a través de su
estatal YPFB. No obstante, la lucha por la recuperación de los recursos
está sometida a corsés judiciales y presiones como la ejercida por
Petrobras y Repsol, con el respaldo de sus respectivos gobiernos, que
dificulta el proceso de nacionalización. También recibe apoyos externos
la oligarquía cruceña situada en el oriente del país. Esta elite ha
respondido a las políticas soberanistas con la exigencia de la
independencia de su territorio, donde se concentra gran parte de los
recursos energéticos.
El trabajo de lobby de las
transnacionales para evitar nacionalizaciones se convierte en cantos de
sirena para animar a la privatización de una gran empresa estatal como
es PEMEX, undécima mayor petrolera del mundo. El 8 de abril de este
año, el Gobierno mexicano de Felipe Calderón hizo pública su
disposición a la entrada de capital privado en la compañía mediante la
reforma de la política energética, ante lo cual se ha levantado la
oposición representada por López Obrador mediante la organización de
resistencias civiles y la ocupación del Congreso para asegurar una
decisión consensuada.
Uno de los escenarios latinoamericanos donde se
reproducen con mayor virulencia los conflictos por el control de los
recursos naturales energéticos es, sin duda, Colombia, donde se
localizan fuertes intereses de las multinacionales españolas de la
energía como Repsol. La crisis social que padece, como resultado de la
aplicación de las medidas neoliberales, se suma a las escalofriantes
cifras de violaciones de los Derechos Humanos que han dejado tras de sí
un conflicto armado que dura ya más de cuarenta años. El
posicionamiento de las transnacionales del petróleo ante este conflicto
ha sido de complicidad, agravando la situación humanitaria, de por sí
alarmante. Un ejemplo que permite reflejar esta situación es la
actuación de Repsol en la región de Arauca (oriente de Colombia). Desde
2002, año en que Repsol anunció la existencia de petróleo en un campo
de la región, ésta comenzó a sufrir el auge del paramilitarismo,
incrementándose los crímenes contra la población civil y los índices
del desplazamiento forzado. En cambio, la violencia no afectó a la
compañía, más bien al contrario, después de dos años de terror impuesto
desaparecieron las voces discordantes con la explotación de crudo, y
fue entonces cuando Repsol pudo entrar a explorar en áreas con
potencial petrolero sin encontrar ningún tipo de oposición social.
Multinacionales españolas y
conflicto
Un recorrido por las explotaciones de hidrocarburos más
importantes de la región pondría en evidencia la existencia de un
denominador común, la presencia de Repsol en todas ellas: opera en
Venezuela, Brasil, Bolivia, México, Argentina, Perú y Trinidad y
Tobago. Al igual que si se examinan las principales empresas eléctricas
de la región saltaría como principal compañía Endesa, líder en Chile,
en Colombia y en Argentina, y, aunque no se posicione entre las más
poderosas, Unión Fenosa también tiene un importante monopolio eléctrico
en Centroamérica y Colombia, e Iberdrola representa la principal
eléctrica privada en México.
Pero, paralelamente con los beneficios de estas
corporaciones, los impactos ambientales, sociales y culturales sobre la
región se han ido incrementando. Los principales afectados han sido
pueblos originarios de Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia y Argentina,
con fuertes impactos sobre guaraníes, tagaeris y taromenani, etc. En la
zona argentina, en julio de 2007 el Defensor del Pueblo denuncia ante
el Tribunal Supremo a Repsol -y a otras 16 compañías petroleras- por el
daño ecológico que causan en cinco provincias del centro del país [7]
. En Chile, los mapuches llevan resistiendo una década contra Endesa,
que ha construido la central hidroeléctrica de Ralco en su territorio
ancestral.
En este panorama se integra el componente cultural y
las reivindicaciones indígenas, que representan el corazón de los
movimientos de base, protagonistas indiscutibles de los cambios en
América Latina. Es importante resaltar que los procesos de dominación
que llevan a cabo las transnacionales no sólo deterioran sus
territorios e impactan sobre sus formas de vida, sino que, además,
ejercen una presión ideológico-cultural, creando dependencias hacia
formas de vida y de consumo occidental, unido a una desvaloración de lo
indígena. El significado que sus culturas ancestrales otorgan al
medioambiente, la comunidad y los recursos naturales desde su propia
concepción, no se tienen en cuenta, y son parte de discursos
secundarios, de patios traseros, infravalorados, para favorecer la
visión capitalista que penosamente cuenta con un apoyo mucho más
extendido.
En definitiva, la obtención por parte de las
multinacionales de los grandes beneficios que origina la actividad en
un sector tan estratégico como la energía se dirige, al igual que sus
exportaciones, hacia los países del Norte. Ni sus gobiernos, ni las
empresas transnacionales que operan en América Latina, reconocen la
Deuda Ecológica cuyas actividades contribuyen a engrosar. No obstante,
cada vez más países acreedores, como Ecuador y Bolivia, la reclaman
legítimamente, en claro rechazo al actual sistema económico que no
internacionaliza las externalidades o pasivos ambientales.
Erika González y Kristina Saez
Observatorio de Multinacionales en America Latina
Este artículo ha sido publicado
originalmente en el nº 32 de Pueblos, junio de 2008.