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Enfrentamiento
entre dos mundos en la Amazonía peruana
El gobierno peruano eligió el simbólico día
internacional del medio ambiente para lanzar una sangrienta represión
contra los pueblos amazónicos. El motivo: la decidida oposición de las
comunidades amazónicas al ingreso de industrias social y ambientalmente
destructivas como la minería, la explotación petrolera, los
monocultivos de árboles y los agrocombustibles a sus territorios.
Las comunidades amazónicas habían iniciado el
9 de abril lo que calificaron de “paro indefinido” en toda la Amazonía
peruana (ver Boletín Nº 142 del WRM), como respuesta al incumplimiento
del Congreso de la República de revisar una serie de decretos lesivos a
los derechos de los pueblos indígenas. Se trataba de decretos emitidos
por el Ejecutivo en el marco de la implementación del Tratado de Libre
Comercio con los Estados Unidos.
Al desencadenar la masacre en el Día del
Medio Ambiente, el gobierno de Alan García mostró claramente al mundo
el poco interés que le merece la conservación ambiental y el mucho
aprecio que le tiene a las grandes corporaciones que pretenden explotar
–y al mismo tiempo destruir- los recursos naturales del país. Más grave
aún, declaró públicamente su desprecio por la vida de los pueblos
indígenas que intentan defender lo poco que les va dejando el avance de
un modelo de “desarrollo” que ya ha mostrado hasta el hartazgo su
carácter social y ambientalmente destructivo.
A partir de esa sangrienta represión y del
estado público que el hecho tomó a nivel internacional, la Amazonía
peruana se convirtió en el símbolo de un enfrentamiento entre dos
concepciones sobre el presente y futuro de la humanidad que se
desarrolla en el escenario mundial.
Por un lado está el mundo del interés
económico, que implica la destrucción social y ambiental, la imposición
por la fuerza, la violación de derechos. Ese mundo no está por supuesto
representado por el presidente peruano, que es apenas un asistente
transitorio y descartable de las corporaciones, como lo muestra ahora
el destino sufrido por el otrora todopoderoso presidente Fujimori. Sin
embargo, el papel de tales asistentes es muy importante, puesto que son
quienes le otorgan los necesarios visos de “legalidad” a un proceso a
todas luces violatorio de los más elementales derechos de los pueblos.
En el otro extremo se encuentra el mundo de
quienes aspiran a un futuro solidario y respetuoso de la naturaleza,
simbolizado en este caso por los pueblos indígenas de la Amazonía, pero
que está también presente en similares luchas en todo el mundo,
enfrentadas a gobiernos igualmente al servicio del interés económico de
las grandes empresas. Solo por nombrar algunos, tales son los casos de
la lucha actual en los países del sudeste asiático por defender al río
Mekong –del que se alimentan millones de personas- de su destrucción
por gigantescas represas hidroeléctricas ; la lucha de los pueblos de
Africa contra la explotación petrolera y maderera; las luchas de los
pueblos tribales de la India para la defensa de sus bosques contra la
minería y así sucesivamente.
En este enfrentamiento, la hipocresía de
quienes buscan imponer el modelo destructivo parece no tener límites.
En el caso del Perú, el mismo presidente Alan García, que pretende
abrir la Amazonía a la explotación, declaró hace poco más de un año que
quería “impedir que esa riqueza básica que Dios nos ha dado se degrade
por obra del hombre, por la incompetencia de quienes actúan sobre la
tierra o quienes trabajan económicamente y para eso creamos este
Ministerio del Ambiente”.
A escala global, el tema de la hipocresía
gubernamental también resulta muy claro y más aún si se lo analiza
desde la perspectiva climática. Los gobiernos han concordado, en un
interminable proceso internacional iniciado en 1992, en que el cambio
climático es la peor amenaza que enfrenta la humanidad. Han acordado
también que las dos principales causas del cambio climático son las
emisiones de gases de efecto invernadero derivadas del uso de
combustibles fósiles y de la deforestación. Finalmente, concuerdan en
que es necesario hacer algo al respecto. Luego de firmar los acuerdos
correspondientes y de volar de vuelta a sus países, dedican sus mayores
esfuerzos a promover la explotación petrolera y/o la deforestación.
Sin necesitar la creación de ministerios del
ambiente o de participar en procesos internacionales contra el cambio
climático, los pueblos están llevando a cabo numerosas acciones para
defender el ambiente y el clima de las amenazas que los acechan. En
casi todos los casos, tales acciones son criminalizadas o reprimidas
–tanto en el Sur como en el Norte- por quienes deberían estar
impulsándolas y apoyándolas: los gobiernos.
En el ahora simbólico caso de Perú, los
pueblos amazónicos –con el apoyo de miles de ciudadan@s de todo el
mundo- han ganado una importante batalla en este enfrentamiento entre
dos mundos. Por supuesto que nadie piensa que la lucha aquí termina,
pero se trata de una victoria que aporta esperanza a muchos otros
pueblos que luchan por objetivos similares, así como al mundo entero,
ya que del resultado del enfrentamiento entre estos dos mundos depende
el destino de la humanidad.
Artículo publicado en la edición en
español del Boletín del WRM, Nº 143,
Maldonado 1858, CP 11200
Montevideo Uruguay
Tel:598 2 4132989 Fax: 598 2 4100985
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