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Petróleo en Latinoamerica -
Perú
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Martes, 16 de Junio de 2009 13:20 |
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Reflexiones Peruanas Nº 256
EL DOLOR DE LOS AWAJÚN ES EL DOLOR DE MUCHOS PERUANOS
Wilfredo Ardito Vega
Santiago Manuim, el respetado dirigente awajún, comprometido desde hace
treinta años con su pueblo, con su cultura y con la paz, yace postrado en
una cama de la sección de cirugía del Hospital Las Mercedes. Ocho balazos
de la policía le perforaron el abdomen y muchos lo creyeron muerto.
Ahora, después de tres operaciones y una septicemia hospitalaria, aumentan
las esperanzas de su recuperación.
Uno de sus hijos, mientras le corta las uñas, advierte una pequeña
hemorragia bajo las sábanas. Avisa a las enfermeras que conversan al
fondo. Después que una de ellas interviene, con pasmosa lentitud, Manuim
insiste en colocarse los anteojos y leer una revista jesuita sobre el
medio ambiente.
-Quería los periódicos – me dice un amigo suyo –pero para su salud no
sería recomendable.
Tiene toda la razón. Es preferible que Manuim no sepa que el gobierno
acusa en televisión a los awajún de ser parte de una conspiración
internacional contra el Perú, que la radio La Voz ha sido cerrada o que la
casa del alcalde de Imaza ha sido allanada.
Ocho víctimas del 5 de junio se encuentran en Las Mercedes y otras tantas
en el Hospital de Essalud, entre ellas, una niña de Bagua que recibió un
balazo en el abdomen y un nativo a quien le amputaron la pierna. En
Essalud no se sabe cuánto será el costo final a pagar, porque las víctimas
no eran asegurados. En Las Mercedes sólo diversas donaciones han logrado
asegurar el tratamiento, con muchas dificultades. Eso sí, afuera de la
sala, vigilan dos policías, vestidos de civil. El gran temor es que,
apenas los heridos se restablezcan, sean detenidos.
-Querían matar a un nativo y las balas le cayeron a mi hijo –dice una
señora de Bagua entre lágrimas -. Después dijeron que lo podían llevar en
el helicóptero de la policía, pero yo tenía miedo que lo arrojaran desde
el aire.
Por la noche, en la Universidad donde me invitaron a exponer, era patente
la indignación de profesores y alumnos frente a los abusos del régimen,
que sentían como responsable de la muerte de los nativos y los policías.
“En medio de todo este horror, lo positivo es la solidaridad de la gente†,
me había dicho una amiga de la universidad el miércoles, cuando salimos de
un masivo acto ecuménico de oración por la paz donde intervinieron varios
estudiantes awajún.
Al día siguiente, jueves 11, me di cuenta de cuánta razón tenía. La
manifestación de solidaridad con los indígenas amazónicos fue la más
grande movilización desde la Marcha de los Cuatro Suyos. Cerca de mí, un
grupo de teatro representaba el dolor de una mujer indígena y de la esposa
de un policía muerto. Marcharon jóvenes estudiantes de diferentes etnias
amazónicas, pero la gran mayoría de asistentes no provenía de la Selva… Y
en esas circunstancias dramáticas, por fin encontré con un sentimiento
colectivo de país, una vinculación humana “con el otro†que iba más allá
de las diferencias geográficas, lingüísticas o étnicas y de las emociones
más superficiales que proporcionan el fútbol o la bandera. En todo el Perú
se habían producido protestas similares, con los mismos sentimientos.
Me retiré temprano de la manifestación, porque tenía que viajar a Chiclayo
y entregué a varias personas una lista de abogados a los cuales acudir en
caso de violencia policial, entre los cuales estaba Hildebrando Castro
Pozo. Ni diez minutos después, la policía disolvió la manifestación con
bombas lacrimógenas y una de ellas impactó en el rostro de Castro Pozo,
quien felizmente sobrevivió, pero ha quedado malherido.
La violenta represión a la marcha fue sólo una de las nuevas medidas
autoritarias, como la suspensión de los congresistas nacionalistas hasta
fin de año o las nuevas denuncias a los dirigentes de AIDESEP. Nada de
eso parece dar resultado: los asháninkas de la Selva Central han comenzado
también a movilizarse. Sobre ellos, que tanto sufrieron por la violencia
senderista, penden dos fuertes amenazas: las concesiones otorgadas a
Repsol y la hidroeléctrica que está impulsando nada menos que Nidia
Vílchez, la flamante Ministra de la Mujer.
Pese a sus tasas de crecimiento el Perú se encuentra entrampado en esta
crisis política porque esas cifras nunca se tradujeron en bienestar,
justicia o dignidad para los más pobres, menos aún si eran indígenas.
“Nunca el Estado ha hecho nada por Amazonas y ahora recibimos dolor y
violencia†, dice un universitario de Bagua, hijo de un policía. Lo mismo
decían los campesinos de la zona, lo mismo decían los awajún en la oración
del miércoles y lo mismo podrían decir la mayoría de peruanos de la sierra
y la selva.
Hace pocos años, los Primeros Ministros de Canadá y Australia pidieron
perdón a los pueblos indígenas por los daños causados por los anteriores
gobiernos. Nosotros sabemos bien que García nunca pedirá perdón a los
indígenas por los daños que su propio gobierno ha generado, como tampoco
pedirá perdón a las familias de los policías fallecidos.
Mas bien, García y sus aliados siguen diciendo que el Perú enfrenta una
conspiración comunista. Alguno de ellos plantea inclusive exterminar con
napalm a los indígenas. No comprenden que gracias a su prepotencia y su
intolerancia, el conflicto amazónico se ha convertido en un problema
nacional. Como los campesinos de Bagua, muchas personas han llorado con
el sufrimiento de los awajún.
Cuando saludé a Santiago Manuim, le hablé brevemente de las marchas y las
vigilias. En medio de la tristeza de la situación, era importante que
supiera que en todo el país, por primera vez, muchos peruanos se
solidarizan con su pueblo.
La sentencia del 12 de junio será sin duda un paso fundamental en la lucha
contra la discriminación, pero también el dolor de estos días muestra que
estamos aprendiendo a re-conocernos entre peruanos
--
Ivonne Yanez
OILWATCH SUDAMERICA
www.oilwatchsudamericaorg
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