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ECUADOR:
LEY DE ETNOCIDIO Y GENOCIDIO: ¿UNA BATALLA PERDIDA?
Pablo
Dávalos
La
Comisión Legislativa ecuatoriana, que funge de poder legislativo,
aprobó en el mes de marzo de 2009, una ley denominada “Ley de
tipificación de los delitos de genocidio y etnocidio”. Prima facie,
parecería que la aprobación de esta Ley da cuenta de que, al menos en
el caso ecuatoriano, se intentan realizar aportes a la legislación
mundial a propósito del genocidio y el etnocidio, y que el proceso
político ecuatoriano ha abierto espacios importantes de discusión y
debate sobre uno de los temas fundamentales y que interpelan
directamente al proyecto civilizatorio de Occidente: el estatuto de la
diferencia radical en la modernidad inherente a la definición de
etnocidio.
Sin
embargo, la aprobación de esta Ley se hizo sin la participación del
movimiento indígena, sin las consultas a los pueblos indígenas y a sus
organizaciones, y sin tomar en consideración el debate que se está
suscitando sobre el etnocidio como una figura jurídica-política en la
cual puedan caber las prácticas de la modernidad.
Una Ley
que se aprueba de forma apresurada, sin debate público, sin consultas
con los expertos y sin considerar aquellas discusiones que se están
realizando al tenor de la Corte Penal Internacional y su estatuto, no
es una ley tan legítima que se diga. Además, esta Ley se aprueba cuando
ocurre el genocidio al pueblo Awa realizado en Colombia, al tenor de la
guerra civil que asola a este país y sin que en el debate parlamentario
se haya mencionado este hecho. La Comisión Legislativa ecuatoriana
tenía, por consiguiente, un momento y una oportunidad en la cual
retomar los debates y las reflexiones propuestas por el movimiento
indígena a propósito de esta Ley.
En efecto,
el movimiento indígena ecuatoriano había realizado una interesante
reflexión sobre el etnocidio asimilándolo a la categoría de “genocidio
cultural”. La definición realizada por la CONAIE, en un documento
entregado en el año 2006 al Relator Especial de NNUU para Pueblos
Indígenas, es reveladora: “acogemos el concepto de genocidio como
muerte a la diferencia”. Los pueblos indígenas
se saben y se asumen diferentes, y sitúan esa diferencia en términos de
civilización. Los pueblos indígenas saben que al interior de la matriz
cultural de Occidente no hay espacios ni para el encuentro de culturas,
ni para el diálogo de saberes. La voluntad moderna es una voluntad de
poder. En esa voluntad de poder no hay espacio para aquellos que
reivindican sus diferencias radicales. Son diferencias radicales porque
son irreductibles, porque perderlas implica la muerte cultural como
preámbulo para la muerte social. Los pueblos indígenas son la evidencia
más concreta de que Occidente intenta por todos los medios asimilarlos
a su propio proyecto cultural a riesgo de su exterminio físico y
cultural. Para Occidente, sus referentes de consumo, de egoísmo, de
búsqueda del provecho individual, de acción estratégica sobre los otros
individuos, son referentes civilizatorios, de tal modo que aquellos
pueblos que piensan y actúan de forma diferente, por definición, tienen
que ser “civilizados” e integrados a la matriz cultural de Occidente.
En ese sentido, el desarrollo y la modernización no son más que las
retóricas dulcificantes que legitiman y justifican la voluntad de poder
moderna.
El hecho
de que durante cinco siglos los pueblos indígenas hayan resistido a esa
asimilación de Occidente, da cuenta de que la matriz cultural de los
pueblos indígenas también es fuerte. Los pueblos indígenas han avanzado
mucho en su reconstitución política e histórica en estos últimos años.
La resistencia Mapuche en Chile, la resistencia a la guerra silenciosa
de Perú, la sobrevivencia al exterminio al que fueron sometidos en
Guatemala, la guerra de resistencia en la selva Lacandona, sus
incursiones en el sistema político liberal, como el caso de Bolivia,
entre otras experiencias, les han enseñado mucho en estos últimos años
y les han convertido en el sujeto político que interpela y cuestiona al
capitalismo y a la modernidad en su episteme fundamental.
Se
reconocen como la diferencia radical al capitalismo. No quieren ni
pretenden ser asimilados a la modernidad porque las promesas
emancipatorias de la modernidad no son del tamaño de sus sueños. Ese
camino recorrido por el movimiento indígena de Abya Yala, le ha llevado
a disputar los sentidos de la realidad, del saber y de la historia en
un plano que las elites del poder habían tratado siempre de escamotear.
Los
pueblos indígenas han empezado a deconstruir los discursos
desarrollistas y productivistas de la modernidad, porque a más
desarrollo, más violencia, más depredación, más despojo, más pobreza,
más muerte. Ellos han testimoniado con su vida las desgarraduras que
produce el desarrollo, que produce el progreso.
Por eso es
interesante constatar que en el documento que la CONAIE entregó al
Relator de NNUU en el año 2006, se haya expresado lo siguiente: “El
etnocidio no adopta una actitud violenta sino una actitud que entiende
al otro como el buen salvaje que puede ser mejorado”. Mejorar al Otro,
reducirlo a las coordenadas del saber moderno, inscribir su vida y su
subjetividad en la trama de control y vigilancia del poder, convertir
la vida del Otro en un espacio de disputa y de normalización, todo ello
releva de la biopolítica del capitalismo moderno. La propuesta de la
CONAIE, en definitiva, era una insurgencia contra esa deriva
biopolítica del capitalismo y de la modernidad.
Es por
ello, que al interior de esta matriz de interpelación y cuestionamiento
hecha por la CONAIE, el desarrollo económico es etnocidio, las
políticas públicas de los Estados que no respetan a la diferencia de
los pueblos indígenas y los convierten en objetos de intervención y
asimilación, son etnocidio. El discurso del “etno-desarrollo” del Banco
Mundial y del BID, son etnocidio. Los programas de reforma estructural
del Banco Mundial que privatizaron los territorios indígenas, que
privatizaron el agua y crearon los pagos por servicios ambientales para
privatizar los páramos andinos, son etnocidio. Los proyectos contenidos
en los corredores multimodales del IIRSA son etnocidio. Los proyectos
de minería a gran escala y extractivismo que lesionan el derecho sobre
los territorios, son etnocidio. Las políticas posneoliberales son
etnocidio.
La CONAIE,
como puede verse, apuntaba alto con su propuesta del etnocidio como
“genocidio cultural”. Pero la misma CONAIE estaba clara que en el
estatuto de Roma no había ningún espacio para el “genocidio cultural”,
por ello también plantearon conjuntamente con el “genocidio cultural”,
el genocidio étnico en los términos de la Convención para la Prevención
y Sanción del Delito de Genocidio, y en conformidad con la Corte Penal
Internacional. Su apelación al genocidio étnico es para defender a los
últimos clanes de la etnia wao que resisten a toda forma de contacto
con la modernidad.
Desde una
retórica arrogante, la modernidad los ha denominado como “pueblos
no-contactados” o, más cortésmente, como “pueblos en aislamiento
voluntario”. Los pueblos indígenas waos, a sus hermanos tagaeri y
taromenane que resisten el contacto y a la modernidad, los llaman
“pueblos libres”. La CONAIE ha adoptado esta definición de “pueblos
libres”, y ahora la literatura jurídica los reconoce también como
“pueblos indígenas libres”. La apelación al genocidio étnico en los
términos de “matanza”, “lesión grave”, “sometimiento intencional”,
etc., es el recurso último al que han acudido las organizaciones
indígenas para salvar a sus hermanos que resisten la modernidad.
La
Asamblea Constituyente ecuatoriana recogió esas demandas de la CONAIE y
las incorporó en su texto Constitucional en la parte de los derechos
colectivos de los pueblos indígenas; es allí en donde se establece que
la afectación de cualquier manera a los pueblos en aislamiento
voluntario es susceptible del delito de etnocidio, aunque este delito
no haya estado tipificado en la legislación penal ecuatoriana.
Es en ese
espacio de ambigüedades jurídicas en donde se inscriben las intenciones
del poder y la Comisión legislativa ecuatoriana hace una Ley en la cual
se conserva la definición de genocidio cultural y genocidio étnico
solamente para los casos de pueblos en aislamiento voluntario. De esta
manera, todo el rico debate suscitado por la CONAIE y sobre el cual
cuestionaba e interpelaba la matriz moderna, desaparece.
De esta
manera, los pueblos indígenas ven desaparecer uno de los
cuestionamientos centrales a la modernidad, a la que acusaban de
“genocidio cultural” o etnocidio en sus vertientes de consumo, mercado,
desarrollo, intervención social, productivismo, extractivismo,
neoliberalismo, etc. De acuerdo con la ley aprobada, los únicos casos
de etnocidio son aquellos que hacen referencia a “lesiones graves”,
“matanzas”, “sometimiento intencional”, “alteración de la cultura”, de
los pueblos en aislamiento voluntario.
Con
la
aprobación de esta Ley por parte de la función legislativa ecuatoriana,
la CONAIE, y con ella los pueblos indígenas del continente y porqué no
decirlo del mundo, han perdido posiciones en su confrontación al
capitalismo más despiadado y feroz. Pierden una significativa batalla,
cuando esa misma Comisión legislativa ha aprobado una Ley de Minería
que hace tabula rasa de todos los derechos colectivos de los pueblos
indígenas, entre ellos el derecho al consentimiento libre, previo e
informado, y el derecho a la autodeterminación y a sus territorios;
cuando esa misma Comisión legislativa ha aprobado una Ley Orgánica de
Soberanía Alimentaria que abre el paso para la privatización de los
alimentos y se inscribe de lleno en el discurso de la seguridad
alimentaria de la FAO y del agro-negocio, sin que la CONAIE haya
siquiera tenido la capacidad de respuesta que tenía en años anteriores.
Han perdido una batalla en uno de los temas más sensibles y que acota
sus posiciones estratégicas en un contexto en el que el gobierno de
Alianza País, ha dado un giro radical hacia posiciones extremas de
derecha. Esta Ley, no es solo una derrota para la CONAIE, es un
retroceso para los pueblos indígenas del continente que habían empezado
a cuestionar la violencia sistémica de los Estados, sobre todo cuando
se disfrazaban de desarrollo y crecimiento económico bajo la cobertura
de un discurso nacionalista y progresista.
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