Se
salvaron los bosques tropicales húmedos
Alberto Acosta
Aunque difícil de creer, en los últimos días de la Asamblea Constituyente,
cuando concluía un intenso debate en el que ha surgido con fuerza el tema
ambiental, rondó la posibilidad de que los bosques tropicales húmedos sean
sacados de la lista de ecosistemas frágiles. Un asambleísta, seguramente
muy poco conocedor del tema, lo planteó al pleno de la Asamblea, cuenta de
que “el cuarenta por ciento del territorio del Estado ecuatoriano está
cubierto por los bosques húmedos tropicales, cubre ciudades, pueblos,
caseríos”.
Tengamos presente que Ecuador es uno de los 17 países megadiversos del
planeta. Varias estrategias se han planteado para la conservación de esta
biodiversidad, una de las más importantes es el Sistema Nacional de Areas
Protegida. Fuera de dicho Sistema hay todavía importantes ecosistemas que
deben ser considerados como frágiles: humedales, páramos, bosque
tropicales secos y húmedos. Y justamente estos bosques están amenazados
porque en Ecuador se registra la tasa de deforestación más alta de América
Latina.
Esto se explica porque en los bosques húmedos tropicales se encuentra la
mayor cantidad de reservas de madera. Por eso plantear que estos bosques
son ecosistemas frágiles es fundamental, por diversas razones.
El concepto de fragilidad resalta la complejidad de los ecosistemas para
mantener su equilibrio Estas condiciones son fácilmente alterables y
difíciles de recuperar. Además tiene que ver con la importancia de que se
mantengan sus funciones, en este caso la regulación hídrica, la
conservación de suelos y el reciclaje de nutrientes. Los embates del
reciente invierno, con las inundaciones son justamente la prueba de una
falta de política en la conservación y manejo de estos bosques. La
vertiente occidental de los Andes no cuenta con suficientes áreas
protegidas y existe poco o ningún manejo del bosque húmedo tropical lo que
determina menos protección del suelo, generando erosión y perdida de
suelo, así como deslaves, inundaciones y perdidas incalculables.
La fragilidad tiene que ver, además, con el hecho de que los bosques
tropicales tienen la mayor superficie vegetal por unidad de área, gracias
a la inmensa cantidad de epifitas. Estudios realizados hablan de 12
toneladas de peso seco por hectárea. Las epifitas cumplen el papel de
captura del agua y con ello de mantener el equilibrio del ecosistema y de
la temperatura local.
Los bosques tropicales protegen un amplio rango de la comunidad de
especies vegetales como animales, hongos, microorganismos que interactúan
en redes complejas. Allí es mayor la biodiversidad que en cualquier otro
ecosistema. De hecho, los estudios biológicos en zonas tropicales húmedas
encuentran con mucha facilidad especies nuevas.
Los suelos en las zonas de bosques tropicales húmedos son ácidos y
arcillosos. Su capacidad de albergar especies depende de una hojarasca
diversa que es la encargada de sustentar la vegetación. Suele decirse que
son bosques de sol, ya que básicamente toman sus nutrientes de la materia
orgánica de sus alrededores.
En los bosques tropicales se produce el efecto albedo, que no es sino la
formación de las nubes; las que absorben gran cantidad de radiación solar,
efecto fundamental para evitar el calentamiento global. Frente a los
efectos del cambio climático y a los desastres naturales la protección y
manejo adecuado de estos bosques es fundamental por su resistencia y
resiliencia, factores que no deben ser justificativo para desprotegerlos,
tal como irresponsablemente se propuso.
Ligados a los bosques tropicales húmedos viven pueblos indígenas y
campesinos, que conocen su fragilidad, y que han contribuido a mantener y
enriquecer la diversidad. De su conservación depende, en gran medida, las
posibilidades de mantener su existencia como pueblos. En términos amplios,
el punto de partida, particularmente en la Amazonía, radica en reconocer
que la base sobre la que se deberá sustentar el proceso de desarrollo es
una suerte de triángulo determinado y potenciado por la biodiversidad, los
recursos naturales y las culturas existentes. Esto es por la abundancia de
vida, el potencial económico y la sabiduría acumulada, respectivamente,
que son, entonces, los elementos sobre los que deberá asentarse la
búsqueda del Buen Vivir.
Aquí surge con fuerza la necesidad de cuestionar aquellas actividades
extractivistas que en su esencia resultan depredadoras, como son los
monocultivos, las explotaciones mineras en gran escala y por cierto las
actividades hidrocarburíferas, que, por más esfuerzos que se hagan para
minimizar sus impactos, resultan siempre serán letales para la Amazonía e
incluso para los cada vez menos manchones de bosques húmedos tropicales en
la Costa.
Por todo lo expuesto, los bosques tropicales húmedos son parte del
patrimonio natural del país y no pueden ser irresponsablemente suprimidos
de la lista de ecosistemas frágiles. Sin embargo, el Sistema Nacional de
Areas Protegidas protege apenas un porcentaje del bosque; hay otro
importante porcentaje bastante representativo que requiere también de un
manejo que considere la fragilidad del ecosistema.
La declaratoria de fragilidad es una garantía para la vida de toda la
sociedad. Por eso hay que reducir la presión de la extracción de la
madera, la ampliación de la frontera agrícola de monocultivos y la misma
actividad extractivista petrolera o minera. Hasta ahora solo se ha visto a
los bosques como fuentes de madera, se ha dejado de lado su biodiversidad.
Por todo lo expuesto, es necesario propiciar desde el Estado, con activa
participación de los habitantes de los bosques, una política de incentivos
hacia el manejo sostenible de los productos no maderables del bosque, así
como proyectos comunitarios en el marco de la agroecología, la forestería
análoga, el turismo comunitario, entre otros.
El compromiso con los bosques húmedos tropicales es un compromiso con el
país entero, es un compromiso con una región donde la vida abunda. Además,
si se pone la vida en el centro de la acción y no solo la reproducción del
capital, incluso impulsar un nuevo proceso de desarrollo es indispensable.
No está en juego un mejor sistema de acumulación material. No se trata
solo de hacer bien las cosas dentro de lo actualmente establecido o de
buscar unos cuantos consensos para parchar al sistema. Se precisan cambios
profundos. Urge superar aquellas visiones simplistas que convirtieron al
economicismo en el eje de la sociedad. Esta es una apuesta por un futuro
diferente, que no se logrará exclusivamente con discursos radicales
carentes de propuesta y práctica revolucionaria. Sí, otro Ecuador más
libre, equitativo y democrático será posible si se parte de los derechos
humanos políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales de los
individuos, de los pueblos y de las nacionalidades.
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