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Petróleo en Latinoamerica -
Colombia
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Sábado, 19 de Julio de 2008 02:24 |
REVISTA SEMANA
Opinión
Guerra y
medio ambiente
Ser
ambientalistas en un país en guerra es un reto enorme que implica
comprometerse en la búsqueda de formas de vida viables no sólo en
términos económicos, sino también ecológicos-sociales.
Por Paula Úngar
Fecha: 03/07/2008 -
Con frecuencia se señala la ingenuidad de
pensar en lo ambiental en un país en guerra. La guerra daña la
naturaleza, se dice más o menos, y por eso es más urgente ganar la
guerra que mirar el medio ambiente. Cuando acabemos con ˋlos malos´, se
suele afirmar, podremos preocuparnos por el lujo de un medio ambiente
sano.
Que el conflicto armado y su combustible, la ilegalidad de los cultivos
de coca y amapola, son causas de deterioro ambiental, lo tenemos más o
menos claro. El petróleo derramado por el bombardeo de oleoductos; las
avionetas que riegan glifosato persiguiendo cultivos de coca y amapola,
que entonces se dispersan por entre los bosques naturales; los
laboratorios de donde salen líquidos tóxicos a las fuentes de agua Esas
son imágenes que vemos al pensar en la relación entre guerra y medio
ambiente.
Pero la relación es más compleja. Tomo prestadas aquí algunas de las
ideas contenidas en el libro ˋGuerra, paz y medio ambiente´, publicado
en 2003 por el Foro Nacional Ambiental (un grupo de instituciones
dedicadas a reflexionar sobre las políticas ambientales del país), para
tratar de ilustrar esta complejidad.
Una red que entrelaza
conflicto y medio ambiente que se suele ignorar, es la que se teje en
torno al desplazamiento. Los ecosistemas del país han sido también
víctimas del despoblamiento del campo: la gente se ve forzada a irse de
sus tierras, en donde se reemplaza la economía campesina por
monocultivos, ganadería extensiva o minería a gran escala, procesos
todos estos ambientalmente intensivos. El desplazamiento se da en gran
medida hacia ecosistemas frágiles -la frontera agrícola de bosques
húmedos o las laderas suburbanas- que acaban, también, entrando en una
cadena de deterioro difícilmente reversible. Este proceso, a su vez,
genera pobreza en las poblaciones desplazadas.
La gente que se va de resguardos indígenas, de territorios colectivos-
se lleva consigo el conocimiento construido durante generaciones sobre
el funcionamiento de los ecosistemas, que es fundamental para el manejo
y la conservación de la diversidad biológica. Se van los líderes
locales, aliados potenciales de las instituciones para cualquier
iniciativa de manejo de los recursos naturales. Conservar la naturaleza
sin gente vinculada a ella es imposible; lo demuestra el que los
mayores éxitos en la conservación en este y en otros países sean el
resultado de reconocimiento de la propiedad del territorio por parte de
comunidades ancestralmente arraigadas.
Pero la relación guerra medio ambiente es aún más compleja que esa
flecha unidireccional en la cual el conflicto es causa y el deterioro
ambiental es consecuencia. Las relaciones descompuestas entre los
grupos humanos y la naturaleza están en la base del conflicto social.
La inequidad en la distribución del territorio, de los bienes y de los
servicios ambientales, el deterioro en los ecosistemas, la consecuente
escasez de alimentos y el desplazamiento de población, han sido
identificados como detonantes de crisis sociales y enfrentamientos a lo
largo de la historia colombiana.
Desafortunadamente, la visión de futuro imperante en país está llena de
escenarios en los que empresas ganaderas, mineras, motocultivadoras a
gran escala, con el monopolio local del acceso a los recursos naturales
se instalan sin tener conocimiento de las limitantes ecológicas y
sociales, empleando a la población local como mano de obra no
calificada. En términos ecológicos y culturales, estos escenarios no
son tan diferentes de los cultivos de coca; las consecuencias de su
establecimiento tampoco se puede esperar que lo sean. En qué medida al
llevar a la realidad estos ideales se está alimentando el mecanismo
perverso en el que el deterioro de las relaciones entre la gente y su
entorno natural abona el terreno para el conflicto, es una pregunta que
no se aborda seriamente.
Ser ambientalistas en un país en guerra es entonces un reto enorme que
implica comprometerse en la búsqueda juiciosa de formas de vida viables
no sólo en términos económicos, sino también ecológicos-sociales. Así,
al fortalecer las relaciones entre las personas y la naturaleza,
estaremos cerrándole puertas al desplazamiento humano y al conflicto
futuro. Tal como lo afirma Germán Andrade en su sección del libro
citado: En el futuro los planteamientos no podrán limitarse a sacar el
ambiente del conflicto, sino a integrar la dimensión ambiental a la paz.
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