La Amazonia, metáfora de los dilemas que atraviesan a
la izquierda de AL
La selva, lugar de prueba de un nuevo paradigma
civilizatorio, alertan en el Foro Social Mundial
Luis Hernández Navarro (Enviado)
Belem, Brasil, 28 de enero. De la crisis global, a la crisis
ambiental, a la crisis civilizatoria. La Amazonia como ejemplo vivo y
candente del nivel que ha alcanzado la destrucción del medio ambiente.
Esa fue la ruta central que el día de hoy siguió el Octavo Foro Social
Mundial (FSM).
En diversas mesas de trabajo que sesionaron se fue
elaborando un diagnóstico: la Amazonia es el escenario de una doble
querella. La primera de ellas enfrenta a movimientos ambientalistas de
todo el mundo que luchan por la preservación de la selva, con los
gobiernos del área que reivindican su soberanía. La segunda confronta a
los pueblos originarios y campesinos que viven en ese territorio, con
gigantescos proyectos carreteros y energéticos impulsados por esos
mismos gobiernos.
Detrás de ellas se encuentran tanto las
diferencias y contradicciones existentes entre movimientos populares y
gobiernos progresistas de América Latina, como la disputa por otro
modelo de desarrollo o civilizatorio.
La Amazonia es una metáfora
de los dilemas que atraviesan a la izquierda, tan grandes como la
región misma. Latinoamérica ha crecido en los últimos años exportando
materias primas. Los gobiernos progresistas han captado recursos
extraordinarios para sus programas favoreciendo la explotación
petrolera, minera y forestal, al tiempo que dan facilidades a la
producción extensiva de soya. Pero la expansión de estas actividades ha
provocado fuertes conflictos con comunidades indígenas y campesinas.
El
río Amazonas es el más largo y caudaloso del planeta. Junto con Canadá,
es la mayor reserva de agua dulce del mundo. Nace en los Andes del sur
de Perú y desemboca en el océano Atlántico. Cuenta con más de mil ríos
tributarios de importancia.
A su alrededor crece la mayor selva
tropical del planeta, extendida sobre 5.5 millones de kilómetros
cuadrados en Brasil (60 por ciento), Bolivia, Colombia, Ecuador,
Guyana, Perú, Surinam, Venezuela y la Guayana Francesa. La riqueza de
su biodiversidad es compleja y exuberante, pero su equilibrio es muy
frágil: en parte de la selva la capa de humus no pasa de 30 o 40
centímetros.
La presión privada sobre esa tierra y esos recursos
naturales es enorme. Se busca construir grandes presas hidroeléctricas,
expandir la minería y los agronegocios, sembrar soya y engordar vacas.
Según la Coordinación de Organizaciones Indígenas de la Amazonia
Brasileña (COIAB), “la Amazonia perdió en los últimos 30 años, 80
millones de hectáreas de selva por actividades de desarrollo no
duradero”. El riesgo de que la selva se vuelva una inmensa sabana de
manera irreversible es real.
La humanidad entera debe estar
preocupada por la Amazonia, dice el teólogo Leonardo Boff. Según él:
“el FSM debe presionar al gobierno brasileño para que elabore una
política clara, explícita y objetiva para conservarla. No lo ha hecho.
Hay políticas puntuales para resolver conflictos de tierras e impedir
el desmantelamiento de algunas regiones, pero no mucho más.”
Según
él, la Amazonia es el lugar de prueba de un nuevo paradigma
civilizatorio que es necesario construir, basado en una disminución de
los niveles de consumo. Hay que reducir, reciclar y reutilizar, afirma.
Las
voces que en el Foro alertan sobre el peligro que se cierne sobre la
Amazonia son múltiples y diversas. Entre muchas otras se encuentran las
de los campesinos del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil,
ambientalistas y científicos. Están, también, los activistas
vegetarianos, que insisten en que detrás de cada hamburguesa que
comemos, hay un árbol menos. “Al consumir carne usted está financiando
la devastación de la Amazonia. No sea cómplice con este crimen.
Vuélvase vegetariano”, advierte su propaganda. Y ponen como
demostración cómo, entre 1990 y 2006, el hato ganadero en esa región
aumentó en 180 por ciento, pasando de 26 millones de cabezas a 73
millones.
A lo largo del territorio del río Amazonas viven unos
135 pueblos originarios. Representantes de muchos de ellos se
encuentran en el Foro, y han dedicado una parte muy importante de sus
esfuerzos a alertar acerca de los peligros que penden sobre su hábitat.
Vestidos con sus trajes típicos y con el cuerpo pintado de rojo y negro
han invocado el espíritu de sus antepasados para salvar la selva.
“Venimos a levantar la voz de los pueblos indígenas que no quieren ver
sus tierras y sus aguas convertidas en mercancías que se venden”, dijo
la aimara Viviana Lima.
Y es que, como dijo en el Foro Jorge
Ñancucheo, representante de la Coordinadora Andina de Organizaciones
Indígenas, “sufrimos el avance de las multinacionales que llegan
atropellando nuestros territorios, saqueando nuestra agua, nuestros
bosques, nuestros recursos naturales. Antes teníamos a una economía en
la que no había hambre, en la que no morían nuestros niños. Hoy los
indígenas somos los más pobres de los pobres. Este modelo está en
crisis pero no muerto.”
El avance de la modernidad salvaje sobre
la selva amenaza también las tierras de indígenas, campesinos,
extractores de caucho y pescadores ribereños. La situación es tan grave
que el gobierno de Lula tuvo que asumir el amargo trago de la renuncia
de Marina Silva, secretaria del Medio Ambiente y reconocida ecologista,
cansada de tener que enfrentarse, prácticamente sola, con los voraces
intereses de los grandes consorcios. “El gobierno de Lula –dicen los
Sin Tierra– ha apoyado el avance de ese modelo depredador de la
Amazonia.”
Devastación
Como
ejemplo de ello está la denuncia hecha por investigadores sociales,
representantes de pueblos indígenas y activistas rurales contra la
empresa multinacional Vale do Rio Doce, culpable de la devastación del
bosque amazónico. Originalmente fue una compañía estatal, pero Henrique
Cardoso la privatizó en mayo de 1997. Es la empresa minera más grande
de Latinoamérica y la segunda más grande del mundo. El corazón de sus
operaciones es un vasto complejo en el Amazonas central, conocido como
Carajás.
Conflictos como éstos son, de acuerdo con Ramón
Mantovani, dirigente del Partido de la Refundación Comunista, expresión
de la compleja relación que existe entre los movimientos populares y
los gobiernos progresistas de la región. Según él, esos gobiernos que
no provienen de la izquierda tradicional, no son gobiernos
posneoliberales sino gobiernos que están en el centro de la lucha
contra el neoliberalismo; que buscan romper con este modelo, pero aún
no han salido de él. Están en la punta de la lucha pero, a pesar de sus
propuestas de integración regional, siguen atados a un marco nacional.
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