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Viernes, 30 de Enero de 2009 00:51 |
Carlos del Frade (APE)
A
nosotros nos decían que teníamos los “pantalones de oro”... Eramos
ypfianos. Trabajábamos en la empresa más grande, importante y rica de
América del Sur.
Apenas llegábamos a los
bailes, sacábamos el carné o un escudito de YPF y los mostrábamos entre
las mesas donde estaban sentadas las pibas... Ni cabecear
necesitábamos. YPF te daba pinta, estatus y familia, si querías. Era un
cheque al portador... y mirá ahora. Nos prometieron acciones,
participación en las ganancias y nos quedamos sin nada. Lo único que
nos quedan a los negros trabajadores ypfianos es, de vez en cuando,
intoxicarnos con alguna pérdida de hidrocarburos, como esas manchas que
a veces aparecen en el río -le contaba Martín Sotelo, ex empleado de
Yacimientos Petrolíferos Fiscales, a este cronista cuando todavía tenía
fuerza para seguir peleando por los dividendos que nunca les llegaron
después del saqueo llamado privatización.
Sotelo eligió matarse.
No aguantó tanto despojo. Del lado de adentro y del lado de afuera. Fue
en la histórica ciudad de San Lorenzo, donde un general guaraní libró
la primera batalla de la epopeya de liberación continental.
Los
tanques y las grandes esferas de YPF ya no tienen la vieja sigla y el
club que otrora imantaba a familias propias y ajenas, apenas funciona
para unos pocos.
El petróleo y sus derivados hace rato que no le pertenecen a los
argentinos.
Quedaron las sobras de mala calidad.
Quedaron los restos que contaminan a las hijas e hijos del pueblo.
Como decía Sotelo, su profecía se hizo verdad dolorosa y contundente.
“Lo
único que nos dejaron fue la posibilidad de intoxicarnos de vez en
cuando”, repetía Martín con su voz y garbo tanguero. A mí me dejó unos
cuantos libros, decenas y decenas de presentaciones judiciales buscando
cobrar eso que les prometieron y centenares de postales orales. Entre
ellas, esta profecía. De vez en cuando los actuales dueños de la
petrolera intoxican a los verdaderos y despojados dueños del oro negro.
Fue en la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Quilmes, donde la
profecía de Martín volvió a convertirse en realidad.
“En
el barrio La Ribera de Quilmes los vecinos viven sobre un colchón de
hidrocarburos y, con impotencia, denuncian que padecen las
consecuencias, especialmente en la salud de sus chicos. Casos de
cáncer, malformaciones, tumores, enfermedades de la piel y
respiratorias son parte de un largo listado de patologías que asocian a
la mancha oscura que tienen a menos de un metro por debajo de sus pies
impregnada en el agua subterránea. La contaminación tiene una larga
historia: se inició hace veinte años cuando fue pinchado para robar
combustible un poliducto de YPF S.A. que une la refinería que tiene la
compañía -propiedad mayoritaria de la española Repsol- en Ensenada con
el puerto de Dock Sud. El hidrocarburo se filtró silenciosamente y
afloró, con la elevación de las napas en 2002. Hace cuatro años los
pobladores del lugar -un asentamiento con casas de material y otras muy
precarias-, ubicado entre el Río de la Plata y la Autopista, libran una
pelea desigual contra la petrolera: reclaman la remediación del terreno
afectado, su reubicación mientras se extiende el proceso y, sobre todo,
una cobertura médica que les garantice la atención sanitaria que
demandan las enfermedades que han ido aflorando, dicen, como el
combustible, con el correr de los años y la exposición a compuestos
peligrosos, algunos cancerígenos, presentes en el combustible
derramado”, dice la noticia.
La confirmación de la bronca del viejo ypfiano.
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