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ARGENTINA - Malvinas y petróleo: Antecedentes y perspectivas de una agresión neocolonial Imprimir E-mail
Petróleo en Latinoamerica - Argentina
Domingo, 07 de Marzo de 2010 17:00
viernes 5 de marzo de 2010
Malvinas y petróleo: Antecedentes y perspectivas de una agresión neocolonial
Sebastián Zurutuza (INFOSUR)

Este informe especial de InfoSUR, da cuenta de la situación actual por Malvinas y repasa la política menemista hacia las islas, que desemboca en la situación actual. Además se incluye en 2 partes, el condensado documental "Pampa Sumergida" que analiza el alcance geostratégico de la disputa por la soberanía en el Atlántico Sur.

El atropello que el Reino Unido está llevando contra la soberanía argentina en las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur no es peregrino ni aislado. Esta vez, la agresión radica en la instalación de la plataforma petrolera Ocean Guardian en el área norte de Malvinas a cargo de la empresa británica Desire Petroleum. El objetivo: comenzar la fase de exploración y posterior extracción de hidrocarburos, en caso de que efectivamente se encuentren yacimientos. Debemos considerar que esto es parte de una “gran estrategia” que lleva años desarrollándose y cuyo objetivo es apoderarse de posibles e inmensas fuentes de recursos naturales a lo largo del corredor atlántico

Históricamente, y más aún desde la usurpación de 1833, el Reino Unido puso mayor atención sobre las islas como territorios de ultramar con un alto valor geoestratégico: soporte de la presencia colonial en el Atlántico Sur y plataforma de proyección de poder hacia la Antártida y el Pacífico a través de los pasos oceánicos. El interés de Londres se traduce en aspectos políticos, económicos y militares en torno a la también histórica geopolítica británica: el dominio oceánico y sus potencialidades.

Desde que derrotó a la potente Armada Española en el siglo XVII, Inglaterra desarrolló una “conciencia” marítima que estaba latente y que mantiene hasta hoy. La voluntad expansionista imperial, esa conciencia marítima y el condicionamiento de la coyuntura internacional nos colocan ante esta nueva y prepotente acción británica contra nuestra soberanía.

Escenario internacional Los recursos estratégicos no renovables se tornan escasos por el aumento de la demanda global de las naciones desarrolladas y de las que están creciendo. Alimentos, hidrocarburos y minerales suben sus precios –más allá de la baja temporal por la reciente crisis mundial especulativa- y vemos como se recomponen día a día, pese a las fluctuaciones que puedan presentar. Observamos un mundo en el cual los conflictos, crisis y guerras serán básicamente por los recursos. Las nuevas “líneas de fractura” no pasarán tanto por cuestiones limítrofes, ideológicas, culturales o “humanitarias”, que suenan como buenas excusas para ocultar la causa real: la necesidad de los países más fuertes de apoderarse de los ricos recursos de los más débiles. Un nuevo capítulo en la vieja historia del imperialismo y el colonialismo.

Estamos en un escenario signado por la competencia violenta, la supervivencia y la incertidumbre. El “momento multipolar” que se está generando a causa de la pérdida gradual de hegemonía de las potencias tradicionales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, etc.) nos muestra a otros actores con proyección global y regional (China, Rusia, India, Brasil) e incluso a algunos que desafían el mandato angloamericano (Irán, Venezuela, Corea del Norte, Bielorusia, etc.) junto a actores supranacionales (bloques de poder regional) y subnacionales (grupos de resistencia político-sociales) que reconfiguran todo el sistema.

Por ello, las potencias tradicionales intentan asegurarse las fuentes de energía que se encuentran en territorios susceptibles de su influencia, intervención y/o control, y que necesitan para mantener su hegemonía: el Golfo Pérsico, sur de Asia Central, América Latina y el Atlántico Sudoccidental. Lo vimos con las “guerras por los recursos” desatadas desde los tempranos ´90 por parte de Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente y acentuadas a partir del 11-S, incluyendo la intervención en América Latina, como ocurrió en Venezuela –enclave hidrocarburífero- en abril del 2002.

Pero esas potencias también encuentran “obstáculos” para desarrollar su estrategia: estados más débiles que defienden lo suyo como pueden (guerra asimétrica), grupos de resistencia locales, gobiernos poco dispuestos a entregar su patrimonio y territorios bajo disputa por soberanía, como en el caso de Malvinas.

Una política fallida y una agresión sostenida Con la llegada de Carlos Menem a la presidencia, la política en torno a Malvinas fue reactivada mediante las Declaraciones de Madrid (1989/1990). Estos acuerdos buscaban el reestablecimiento de las relaciones bilaterales, rotas por la guerra de 1982 y poder avanzar en temas “prácticos” del Atlántico Sur (explotación de recursos, seguridad militar, comunicaciones) La idea era generar un supuesto clima de confianza para tratar el tema de fondo: la disputa de la soberanía, “de cara al futuro” según el mismo Menem. La Declaración de 1989 incluía la fórmula de soberanía o “paraguas”. Este artificio jurídico salvaguardaba –y aislaba- el reclamo argentino de esos temas prácticos y accesorios en la zona disputada. Y, lógicamente, generó el congelamiento indefinido de la negociación bilateral por la soberanía, que quedaba al margen de cualquier otro tema contingente.

Gran Bretaña salió favorecida, ya que contaba con el dominio efectivo del territorio. La crudeza del hecho consumado hacía pedazos la “salvaguarda” de los derechos argentinos y sacaba de la escena a la cuestión principal: resolver el tema de la soberanía.

¿Por qué el menemismo promovió esta política? Negocios. La Rosada buscaba insertarse en los flujos financieros globales y acceder a créditos e inversiones para solventar el programa menemista. Y esto no era posible sin reestablecer las relaciones con una potencia euro-occidental, principal aliada de Estados Unidos y miembro de la OTAN. Para el gobierno, la cuestión de la soberanía podía esperar. Ahora había que conseguir inversiones, brindar “seguridad jurídica” –las Declaraciones de Madrid mencionan acuerdos de protección mutua de inversiones- y cuadrarse en el Nuevo Orden neoliberal timoneado por Estados Unidos y sus aliados. Al poco tiempo, el ex Canciller Guido Di Tella lanzaría su “política de seducción” hacia los isleños.

Esta conducta demostró la sumisión y debilidad que Londres necesitaba para avanzar la Resolución de la Asamblea General de la ONU 31/49 (XXXI) que insta a las partes a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales en la situación. La instalación de la plataforma Ocean Guardian es un claro efecto, junto a la otorgación de licencias a las empresas Falkland Oil and Gas Limited (FOGL), Rockhopper Exploration y Borders & Southern Petroleum para explorar y extraer recursos a la sombra del hecho consumado.

En este panorama hay que destacar la cuestión militar. La base conjunta de Puerto Argentino transformó a las islas en una verdadera fortaleza equipada con dispositivos de defensa de alta performance: fragatas misilísticas, defensas antiaéreas de medio y corto alcance, aviones caza de última generación, más de 1500 efectivos con actualización constante del material. Y un doble objetivo: fortalecer la presencia militar en las islas y las aguas circundantes, y proyectar poder sobre el Atlántico Sudoccidental, como lo prueba un informe presentado por el Subcomité de Seguridad y Defensa del Parlamento Europeo (2009).

Detrás de esto está el reaseguro de las posibles reservas de hidrocarburos y demás recursos estratégicos. El fantasma guerrerista sobrevoló a través de las declaraciones de Gordon Brown, deseando “que la disputa no escale al nivel de una confrontación militar”.

Las Malvinas han sido re-jerarquizadas en el pensamiento geoestratégico inglés. En 2009 Londres presentó ante la ONU la ampliación de la plataforma continental submarina de las islas, conforme a la Convención Internacional de los Derechos del Mar (CONVEMAR) que si bien será desestimada por existir una disputa con Argentina, sienta un precedente notable. Dentro de esa “gran estrategia” se cuentan otros territorios de ultramar en la cuenca atlántica: el islote Hatton Rockall (Atlántico Norte) cuyo subsuelo es rico en gas y petróleo, y es disputado con Islandia y las Islas Faroe, y las islas Santa Helena y Ascensión (Atlántico Central) que Brasil también reclama. Sobre todos estos territorios Londres presentó la ampliación de la plataforma continental en 2009.

A todas luces, los territorios de ultramar bajo control británico adquieren una nueva dimensión y se transforman en potenciales “almacenes” de recursos. El British Geological Observatory estima que en la cuenca norte de Malvinas -una de las zonas donde opera Desire Petroleum- podría existir un potencial de 100 mil millones de barriles de crudo, sobre un total posible de 6 billones. No cuesta imaginar el efecto si esa cantidad fuese efectiva y estuviera bajo dominio argentina.
La política oficial y las preguntas incómodas La política del Poder Ejecutivo sobre la disputa de soberanía estriba en las continúas protestas ante el gobierno británico frente a cada avance ilegal y unilateral, como también en los organismos y foros multilaterales (ONU, OEA, UNASUR, Grupo de Río, MERCOSUR, etc.), intentando reconvocar a Londres a la mesa de negociación sin ningún éxito. Por otro lado, se han cosechado declaraciones de apoyo de casi todos los países de la región y de los distintos bloques representativos en relación al reclamo argentino y al reconocimiento de la existencia de la controversia.

Durante la presidencia de Néstor Kirchner se dio por terminado el “Acuerdo de Cooperación sobre Actividades Costa Afuera en el Atlántico Sudoccidental” (marzo de 2007) debido a las grandes diferencias de interpretación entre ambos estados. En estos días se emitió el Decreto 256/10 por el cual todo buque que quiera transitar entre puertos argentinos y los territorios usurpados, o atravesar nuestras aguas en dirección a estos últimos, deberá solicitar autorización.

Pero estas reacciones no pueden soslayar otras cuestiones incómodas: ¿porqué el gobierno eligió al Barclays Bank, accionista de Desire Petroleum, para realizar el polémico canje de deuda?, ¿esa entidad también hace negocios en el país con la minería como en el caso de Minera Alumbrera, en Catamarca?, ¿hasta que punto el conglomerado económico-financiero global vinculado a las petroleras en Malvinas –caso de la estrecha relación entre Rockhopper Exploration y el HSBC Bank- inciden y se ramifican en la actual economía nacional?, ¿se ataca al colonialismo sobre unas islas lejanas y se lo recibe con un guiño de ojo en el corazón del poder? Finalmente: ¿avanzaría el gobierno con sanciones contra los que invierten en Argentina y que, al mismo tiempo, ayudan a violar nuestra soberanía? Por ahora, más preguntas que respuestas.

La necesidad de una política integral La disputa por soberanía en el Atlántico Sur requiere una política integral y de Estado adecuada a una estrategia para la recuperación de la soberanía. El elemento diplomático es fundamental, pero no excluyente. En ese ámbito se debe continuar con las protestas bilaterales ante cualquier acción que avasalle nuestros derechos soberanos, también con la denuncia ante los organismos y foros multilaterales de toda violación al orden jurídico internacional. Es importante lograr apoyos y adhesiones de otros estados, bloques regionales y organismos internacionales para que se continúe reconociendo la existencia de la disputa. Al mismo tiempo, se debe mantener el llamado a la mesa negociación, respaldado y solicitado por la comunidad internacional y los aliados regionales.

En lo político-económico se debe sancionar a los capitales involucrados y que al mismo tiempo puedan tener inversiones en el país. El aislamiento económico de los isleños es una opción que debe ser tenida en cuenta.

Una política integral debe generar consenso en la sociedad. Esta debe conocer a fondo la “cuestión Malvinas” y adquirir conciencia sobre la importancia de los recursos naturales, la existencia y vigencia de nuestros derechos y la ilegalidad del accionar británico. A la campaña de “desmalvinazción” que se produjo por años –y sobre todo en la década pasada- se debe oponer una “re-malvinización” seria, responsable, sin patrioterismo ni militarismo opuesto al espíritu democrático.

Finalmente, la cuestión de la defensa nacional se vuelve insoslayable y crucial. No hay poder nacional ni protección de los intereses vitales sin capacidades defensivas acordes a los desafíos del presente. Las hipótesis de conflicto actuales y futuras estarán condicionadas por el tema de los recursos naturales y una política de defensa responsable, democrática y moderna lo deberá tener en cuenta.

La Argentina siempre tuvo una vocación pacífica en el concierto internacional, pero ello no se debe confundir con la renuncia al ejercicio de nuestros derechos, a la protección de nuestro patrimonio –herencia para el futuro- ni al cumplimiento de nuestros objetivos e intereses, que entroncan con una perspectiva emancipadora en la idea de una Patria Grande libre de la usurpación neocolonial. Por eso, y habiendo padecido durante años una política exterior entreguista y contraria a los intereses nacionales, es hora de recuperar la iniciativa para trazar una nueva política, que en palabras de Hipólito Yrigoyen debería pasar de “pasiva y claudicante”, a “activa y altiva”.

Sebastián Zurutuza es analista internacional.