Las organizaciones de los
países amazónicos, miembros de la red Oilwatch, proponemos una
reflexión sobre los proyectos energéticos que se ciernen sobre nuestra
región.
Desde diferentes empresas, instituciones y gobiernos se habla de la
construcción de ductos, centros de almacenamiento y demás
infraestructura conexa, para hacer que los hidrocarburos fluyan por la
región. El petróleo y el gas son los objetivos de la mayoría de estos
proyectos.
Nuevas iniciativas de integración regional entre diversos países se
lanzan a uno de los ecosistemas más frágiles del mundo: La Amazonía.
Esta es una región que aún custodia ecosistemas bien conservados y que
constituyen la fuente de sustentación de poblaciones tradicionales que
mantienen modelos de vida, de producción y consumo que han asegurado la
perpetuidad de la vida por milenios.
Está claro que hay dos tendencias sustanciales en la región. Por un
lado está el bloque de países cuyos gobiernos se han sentado con
Estados Unidos a negociar Tratados de Libre Comercio. A través de los
cuales se cristaliza una propuesta imperialista para lograr el control
directo sobre todos los recursos de la región, e imponer reformas
jurídicas para debilitar a los Estados Nacionales para convertirlos en
meros facilitadores de las operaciones de las empresas estadounidenses.
A través de los TLC también se están privatizando las empresas
estatales y se debilita la soberanía de los Estados, mientras se
incrementa la presencia militar de Estados Unidos en la región. Porque
un impero no puede sostenerse si no parasita a otros.
Por otro lado están los gobiernos que han marcado distancia con Estados
Unidos, y que están empeñados en fortalecer a los Estados Nacionales a
través de integraciones regionales, para devolver a sus países el
control soberano sobre los recursos naturales.
Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia y Uruguay adelantan sus acuerdos
de integración, fortalecen o reconstruyen las empresas petroleras
nacionales o planean infraestructuras interregionales.
Sin embargo, en estos países, el capital nacional, articulado con los
intereses transnacionales, quiere consolidarse a través de proyectos
industriales que necesitan grandes cantidades de recursos energéticos
para exportar bienes de consumo.
Pero debemos preguntarnos: ¿cuáles son las verdades necesidades de
nuestros países?
Los pueblos indígenas, las comunidades de campesinos, las aldeas
ribereñas, las comunidades extractivistas y los pobres de las ciudades,
reclaman sus derechos sobre la tierra, sobre el agua y sobre su futuro;
tres prioridades para su existencia que están amenazadas por los nuevos
proyectos hidrocarburíferos, ya sea nacionales o trasnacionales.
Una verdadera integración es aquella que se logra con justicia y
equidad, lo que es imposible de alcanzar si se pone en peligro el
ambiente y se violenta los derechos humanos. La extracción, transporte
y procesamiento de combustibles fósiles, destruye el ambiente y
genera una violación sistemática a los derechos colectivos de los
pueblos.
IMPACTOS AMBIENTALES DE
LOS GASODUCTOS Y OLEODUCTOS
Si hiciéramos un
inventario de los cientos de desastres provocados por los gasoductos y
oleoductos existentes en la región, tendríamos resultados
escalofriantes.
Las tuberías de transporte de hidrocarburos, por nuevas que sean,
sufren permanentes rupturas, causando contaminación, impactos en la
salud de la población local, deforestación, destrucción de cultivos y
muerte.
El SOTE (Sistema de
Oleoducto Trans-Ecuatoriano), sufre tres rupturas a la semana. En Perú,
el gasoducto de Camisea, en menos de un año y medio de inaugurado, ya
ha causado 5 desastres. En un accidente provocado por un gasoducto en
Bolivia operado por Transredes, se quemaron 29 personas y numerosas
viviendas quedaron destruidas. En el gasoducto Norandino a poco tiempo
de inaugurado, se produjo un incendio por una fuga de gas en la región
de las yungas argentinas que fue apagado solo después de varios días.
Un gasoducto con las
dimensiones propuestas para el Gasoducto del Sur, cruzaría las tres
principales cuencas hidrográficas de América del Sur: la cuenca del
Orinoco, del Amazonas y del Río de La Plata.
El Gasoducto del Sur
afectará a ecosistemas naturales y fuentes de agua. Cobrarán fuerza
enfermedades como el dengue o la malaria y se esparcirán enfermedades
como la leptospirosis, debido a la interrupción de los esteros y porque
aumentará la movilidad de personas en la zona.
También las rupturas del gasoducto generarán incendios a lo largo de
los 8.000 Km. de ruta y habrá alteraciones locales en el clima como
resultado de la deforestación.
Para servir a los gasoductos se necesita construir vías. Una vez
construidas, se convertirán en venas abiertas y heridas sin remedio,
pues serán una puerta abierta para el acceso de madereros, traficantes
de tierra, mineros; y para el robo de la biodiversidad y del
conocimiento ancestral de los pueblos indígenas.
Igualmente, en la
Amazonía, además de las miles de comunidades indígenas que viven en
condiciones de mucha vulnerabilidad, están los pueblos indígenas en
aislamiento voluntario que verán sus vidas forzosamente violentadas.
Estas poblaciones estarán expuestas a enfermedades emergentes frente a
las cuales no tienen ninguna defensa.
Los impactos del
Gasoducto del Sur serán innumerables, enormes e irreversibles por donde
atraviese.
LOS PUEBLOS PROPONEMOS
OTRA INTEGRACIÓN
Debemos también señalar
que Venezuela ha planteado desarrollar otro gasoducto hacia Panamá.
Eventualmente éste se conectará a México y de ahí a Estados Unidos. Es
decir, la infraestructura que se está construyendo hoy con una visión
de fortalecimiento regional puede, en el futuro, servir para succionar
los recursos de Bolivia y Perú, con dirección al Norte.
Por la sed de petróleo se han justificado las invasiones, las guerras,
la corrupción, el genocidio, el endeudamiento externo o los tratados de
libre comercio.
Para garantizar el acceso al petróleo y gas, en las zonas de extracción
de los hidrocarburos, a lo largo de las rutas de los ductos, junto a
las refinerías y a las plantas de petroquímica, se sufre penurias de
todo tipo, enfermedades, problemas sociales, inflación o
empobrecimiento extremo.
No debemos reforzar nuestra condición de países exportadores de
petróleo. Tampoco de dependientes de petróleo o gas. No debemos
anclarnos dentro de una civilización petrolera que por fuerza tiene que
cambiar.
Sí es posible hablar de una integración diferente, pero desde los
pueblos. Una integración que esté basada en la diversidad, la dignidad,
el bienestar y la justicia; en el respeto a los todos los derechos
humanos, pero sobre todo a los derechos colectivos y ambientales.
Desde América Latina tenemos la oportunidad de plantear un modelo de
integración distinto,
Ha llegado el momento de iniciar un camino hacia una civilización
pos-petrolera, respetuosa de la gente y de su ambiente.
Marzo del 2006. Por favor, firme la petición frente al gaseoducto del sur, hecho por Amigransa, miembro de Oilwatch en Venezuela.
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