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Petróleo en tu comida
Gerardo Honty
Publicado en el Suplemento Energía de LaDiaria (28/09/07)
Uruguay
La energía no se crea ni se destruye sólo se transforma. Este es
el sencillo enunciado propuesto por Antoine Lavoisier hace más de
doscientos años que aún rige buena parte de nuestro entendimiento sobre
la energía. Las derivaciones de un enunciado tan sencillo aplicadas a
la política energética pueden ofrecer pistas interesantes para el
análisis de uno de los temas más debatidos en el mundo de hoy.
Introducción (necesaria pero prescindible)
La energía no se crea ni se destruye sólo se transforma. Pero al
transformarse, se degrada. Es decir, cada vez que la utilizamos de
alguna forma, aprovechamos parte de ella (transformándola en energía
"útil"), y desaprovechamos completamente el resto, sin posibilidad de
recuperación (salvo contadísimas excepciones tecnológicas). En
términos muy sencillos y generales, esta es la base del conocimiento
científico del que disponemos sobre cómo funciona la energía.
Por ejemplo, la energía contenida en la nafta, una vez ésta es
quemada en el carburador, se transforma parcialmente en el movimiento
que se transmite a las ruedas, pero la mayor parte se convierte en
calor. Tanta se transforma en calor que tenemos que idear complejos
sistemas de refrigeración para mantener el motor a una temperatura que
no funda los metales. Toda esa energía en forma de calor la "perdemos"
de manera irrecuperable.
El conjunto de la energía disponible en el planeta proviene del sol,
a excepción de unas pocas como la nuclear (restos de una estrella
explotada hace millones de años), la geotermia (que proviene del calor
del centro de la Tierra) y la de las mareas (que proviene las fuerzas
gravitacionales). Cuando utilizamos la energía proveniente del sol
o sus derivadas (viento, hidráulica, fósiles, biomasa, etc.) debemos
tener presente que aprovechamos solo una parte menor de ella, que la
mayoría la "perderemos" sin poder usarla y toda ella (utilizada o no)
se convertirá en energía degradada.
De esto podemos sacar algunas conclusiones. La primera es que, si la
energía no se crea ni se destruye, la cantidad de energía en el planeta
sería constante. Si cuando la usamos se degrada, entonces la cantidad
de energía útil disponible debería ser cada día menor. Pero
afortunadamente como dijimos antes, la Tierra cuenta con una fuente de
energía "externa" que entrega mucha energía cada día: el sol, la única
y auténtica fuente "renovable" con la que contamos.
Apropiación de la energía
Durante decenas de miles de años, la humanidad se ha apropiado de
parte de la energía que nos llegaba del sol a través de los vegetales.
Las plantas captaban parte de esa energía y los seres humanos la
tomaban ya sea para su propio alimento o para transformarla en fuego y
utilizarla con diversos usos. Este proceso requería de un tiempo (las
plantas tienen que crecer) y de un espacio (donde ellas se instalan).
La cantidad de energía disponible en el planeta estaba limitada (a
diferencia de la amistad del Principito) por el espacio y el tiempo.
Pero hace unos pocos días –en términos geológicos- el ser humano
descubrió el carbón y comenzó a quemarlo con el objetivo de apropiarse
de su energía. Más tarde conoció el petróleo y el gas y les dio similar
trámite. Esto generó la ilusión de que la energía ya no dependía del
espacio y el tiempo.
Sin embargo estos combustibles fósiles son energía solar acumulada
en las plantas y animales de los tiempos prehistóricos, que los humanos
anteriores a nosotros nos dejaron como legado, excedente de una
civilización menos "desarrollada" y menos numerosa.
Cada vez que encendemos un motor y nos trasladamos unos kilómetros,
estamos transformando cientos de años del trabajo de vegetales antiguos
en una nube de calor y gases que –como subproducto– nos mueve de casa
al trabajo.
El sol como biocombustible
Si quisiéramos evitar la quema de los combustibles antiguos y
movernos solamente con la única energía "nueva" que nos llega al
planeta –la solar– deberíamos procesar parte de la vegetación que crece
en el planeta a fuerza de energía solar cada día. Esto es lo que se
trata de hacer con los agro-combustibles: capturar la energía solar
contenida en los vegetales y darle una forma líquida que pueda ser
metida en un tanque. El problema es que la cantidad de biomasa que
existe en este mundo y la velocidad a la que la naturaleza la
desarrolla, no alcanza a transformar toda la energía que precisamos
para sustituir los combustibles. Este es particularmente el gran dilema
de los agro- combustibles.
El petróleo se formó hace aproximadamente unos 400 millones de años
y le llevó unos cuantos siglos de captación solar y deposición en el
subsuelo terrestre. Si quisiéramos hacer de esto una matriz
"sustentable" deberíamos gastar tanto petróleo como la naturaleza puede
procesar cada año. Sin embargo, la tasa de consumo de derivados del
petróleo es 300.000 veces mayor que la tasa de deposición geológica (y
esto considerando el período de mayor formación del crudo). Si
quisiéramos sustituir todos los combustibles que hoy consumimos con
biocombustibles de origen vegetal, deberíamos acelerar en un millón de
veces el tiempo que demanda la captación solar de la biomasa para
lograr la misma cantidad de energía. Es decir, lograr que las plantas
sinteticen energía solar un millón de veces más rápido de lo que lo
hacen ahora.
Para aumentar la "productividad" de los sistemas agrícolas puede
aumentarse la cantidad fertilizantes y maquinaria. El problema es que
esto requiere de más energía. Más aún: según varios estudios algunos
agrocombustibles (como el maíz) apenas si logran entregar la misma
cantidad de combustible que consumen. Es como si tuviéramos una fábrica
de nafta que para elaborar un litro, requiere de un litro de nafta.
Hasta aquí, las sencillas razones por las cuales la idea de
sustituir el consumo de combustibles con combustibles agrícolas es una
idea peregrina.
Todo puede ser peor
Sin embargo la falta de combustibles podría no ser lo peor de esta
máquina energo-voraz que ha creado el ser humano en esta etapa
denominada civilización moderna. Durante aquellos viejos años en que
los humanos nos apropiamos de la energía de las plantas, toda la
energía que consumíamos provenía del sol transformada en alimento. A
medida que la población aumentaba, los estados expandían (o procuraban
expandir) sus dominios territoriales para apropiarse de mayor cantidad
de suelo cultivable. Pero a partir de cierto momento ya no hubo más
tierras cultivables de las que apropiarse. Entonces, en los últimos
minutos de nuestra historia vivida –en términos geológicos- los hombres
y mujeres que este rincón cósmico habitamos hemos desarrollado la
llamada "revolución verde". Gracias a ella la producción agrícola se
multiplicó varias veces. Hasta ahora, buena parte de las personas
vinculadas a la agropecuaria se vanaglorian y congratulan de ello.
Pero esto se logró sin aumentar la cantidad de tierra disponible en
la Tierra y sin aumentar la cantidad de energía solar, las dos
condiciones imprescindibles para aumentar la capacidad energética de la
biomasa. ¿Cómo fue entonces? De la única manera que las leyes de la
física lo permiten: se incorporó mayor cantidad de energía. A partir de
entonces, cada vegetal (o derivado) que ingerimos, no sólo contiene
energía solar captada por la vía de la fotosíntesis, también contiene
energía proveniente del petróleo y del gas natural convertido en
fertilizantes y pesticidas químicos, sin contar con toda la energía que
es necesaria para mover y construir toda la maquinaria agrícola que hoy
se utiliza en la agricultura moderna. Es decir, el aumento de la
productividad, se logró echando mano al legado antiguo, las plantas y
animales prehistóricos que transformados en petróleo y gas fueron a su
vez convertidos en agroquímicos y combustibles para construir y mover
la maquinaria aplicada a la agricultura.
En 1994 en los EEUU, se gastaban cada año 1.500 litros de
combustibles para alimentar a cada estadounidense. El consumo de
energía agrícola se descomponía de la siguiente manera:
31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
16% para el transporte.
13% para regadíos.
8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del
ganado).
5% para el secado de cultivos.
5% para la producción de pesticidas.
8% gastos diversos
No
se incluyen en estos datos los costos del embalaje, la refrigeración,
el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la
cocina doméstica
Almorzando crudo
Antes la energía contenida en los alimentos y de la que nos
alimentábamos venía del sol, única fuente externa que podíamos
transformar sin miedo a perderla porque al otro día estaría otra vez
allí. Ahora la energía contenida en los alimentos viene en una muy
buena medida de una fuente en vías de extinción, no renovable, y que
cuando transformamos no podemos recuperar. ¿Qué vamos a hacer cuando se
termine el petróleo? No podremos mover los tractores con
biocombustibles porque estos a su vez requieren de otros tractores,
pesticidas y fertilizantes que necesitan petróleo.
Varios autores y analistas están culpando a los biocombustibles por
el aumento de los alimentos. Quizá los precios de los productos
agrícolas estén subiendo por un problema energético pero no
necesariamente a causa de la competencia por los granos y la tierra.
Quizá la economía (que funciona como un reloj ante los bienes escasos)
esté comenzando a internalizar unos costos antiguos que hasta ahora no
había incorporado. Me refiero al trabajo que la naturaleza ha hecho
durante millones de años para nosotros (¿para nosotros?) y que hasta
ahora nadie pagaba. El precio del petróleo incluye los costos de
operación y la ganancia de las empresas, pero al crudo en sí, a su
valor intrínseco, nadie le ha asignado un precio. Al menos mientras
supusimos que era abundante.
Hoy los precios de los agrocombustibles no son "competitivos" con
los combustibles tradicionales. A la luz de lo que venimos analizando
la razón parece evidente: los primeros tienen que pagar el trabajo de
transformar la energía solar en combustible líquido y dar cuenta de
toda la energía que se precisa para hacer eso. En cambio, para los
hidrocarburos aquellos son costos "hundidos" (literalmente) .
Llegó la hora de comenzar a pagar el trabajo que la naturaleza ha
hecho y del cual nos apropiamos (y malgastamos) gratis. La pregunta es:
¿a cuánto ascenderá el precio de los alimentos cuando se nos pase la
factura con todos los costos que la "revolución verde" no ha
incorporado?
El precio de los alimentos
Los precios de los productos agrícolas continúan subiendo y en
Europa adjudican este aumento a la demanda de cereales para la
fabricación de biocombustibles. Según el periodista de economía Manuel
Estapé "los cada día más caros precios de los derivados del petróleo
hacían simpática y verde la política de subvenciones a los
biocombustibles en la que coincidían desde George W. Bush hasta el ex
sindicalista Lula. Hoy las cifras muestran que se ha creado un problema
serio, con revalorizaciones de los precios de algunos cereales del 60%
al 80% este agosto respecto a un año atrás que inevitablemente van a ir
trasladándose a los consumidores en los próximos meses, con su
consiguiente impacto sobre la inflación. De hecho, el fenómeno ya está
en marcha en los últimos meses: éste será el tercer ejercicio en el que
la demanda mundial de cereales supera la oferta."
En otro artículo del mismo periódico La Vanguardia, Lorena Farrás da
cuenta del aumento de los productos lácteos. "Para el próximo inicio de
curso los consumidores pagarán más cara la leche y el conjunto de todos
los productos lácteos. Algunas marcas como Clas (Central Lechera
Asturiana), Leche Pascual o Puleva ya han subido precios, pero la
mayoría de industrias lácteas retrasa el ajuste de precios hasta
después del verano. En el mercado mundial, los aumentos de los precios
son notables. Desde hace un año, la cotización de la tonelada de leche
en polvo ha subido un 80% y el de la mantequilla industrial un 50%, con
lo que alcanzan niveles récord. para poder llegar a final de mes. Los
productores deben hacer frente, además, a la subida de los precios de
los cereales, fruto de la explosión de la demanda de biocombustibles.
Así, desde el año pasado, el maíz se ha encarecido cerca de un 60% y el
trigo y la cebada hasta un 50%"
Carmen Llorente, de El Mundo de España, también recorre la suba de
la mayoría de los productos de origen agropecuario: leche, trigo, maíz,
y consecuentemente lácteos, panificados y los productos de animales que
se alimentan de ellos: carne vacuna, pollo, huevos, etc. "Pero el
grueso de las subidas está por llegar -dice. Según la Asociación de
Fabricantes de Harinas y Sémolas de España, las cotizaciones en origen
del trigo panificable en Burgos -principal zona productora española- se
han incrementado un 46% en el último año. En el caso de Francia, primer
productor europeo y principal fuente de nuestras importaciones, la
cotización del trigo ha subido más del 66%; el maíz se ha revalorizado
un 32%; y la cebada, un 44%... las miradas acusadoras se dirigen
principalmente a los biocombustibles –la producción de energía a partir
de la combustión de cereales, caña de azúcar o girasol–, que están
desviando una parte importante de las cosechas a la generación
energética. Se estima que este año EEUU utilizará 85 millones de
toneladas de maíz para la producción de bioetanol –el 30% de la cosecha
prevista–."
Por su parte el director general de la Organización de las Naciones
Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, dijo
al Financial Times que "los elevados precios internacionales de rubros
agrícolas como el maíz y el trigo a causa de factores tales como la
demanda de la industria de etanol, que emplea al maíz para producir
gasolina de automóviles, están afectando negativamente las necesidades
de consumo de países en vías de desarrollo y, por ende, los niveles de
pobreza" según la agencia AMN
Dijo además que los bicombustibles no sólo aumentaron la demanda de
granos como el maíz o trigo, sino que también ha tenido influencia en
el aumento de los costos de otros productos alimenticios, ya que se
dedican menos hectáreas a su cultivo y como consecuencia disminuye su
oferta en el mercado. Agregó un factor más de preocupación al afirmar
que en caso particular del maíz, este representa el 65% del consumo en
países en vías de desarrollo, mientras que en los desarrollados apenas
ocupa entre 10 y 20%.
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