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Petroleo en tu comida Imprimir E-mail
Viernes, 05 de Octubre de 2007 12:13
Petróleo en tu comida

Gerardo Honty
Publicado en el Suplemento Energía de LaDiaria (28/09/07)
Uruguay


La energía no se crea ni se destruye sólo se transforma. Este es el sencillo enunciado propuesto por Antoine Lavoisier hace más de doscientos años que aún rige buena parte de nuestro entendimiento sobre la energía. Las derivaciones de un enunciado tan sencillo aplicadas a la política energética pueden ofrecer pistas interesantes para el análisis de uno de los temas más debatidos en el mundo de hoy.

Introducción (necesaria pero prescindible)

La energía no se crea ni se destruye sólo se transforma. Pero al transformarse, se degrada. Es decir, cada vez que la utilizamos de alguna forma, aprovechamos parte de ella (transformándola en energía "útil"), y desaprovechamos completamente el resto, sin posibilidad de recuperación (salvo contadísimas excepciones tecnológicas). En términos muy sencillos y generales, esta es la base del conocimiento científico del que disponemos sobre cómo funciona la energía.

Por ejemplo, la energía contenida en la nafta, una vez ésta es quemada en el carburador, se transforma parcialmente en el movimiento que se transmite a las ruedas, pero la mayor parte se convierte en calor. Tanta se transforma en calor que tenemos que idear complejos sistemas de refrigeración para mantener el motor a una temperatura que no funda los metales. Toda esa energía en forma de calor la "perdemos" de manera irrecuperable.

El conjunto de la energía disponible en el planeta proviene del sol, a excepción de unas pocas como la nuclear (restos de una estrella explotada hace millones de años), la geotermia (que proviene del calor del centro de la Tierra) y la de las mareas (que proviene las fuerzas gravitacionales). Cuando utilizamos la energía proveniente del sol o sus derivadas (viento, hidráulica, fósiles, biomasa, etc.) debemos tener presente que aprovechamos solo una parte menor de ella, que la mayoría la "perderemos" sin poder usarla y toda ella (utilizada o no) se convertirá en energía degradada.

De esto podemos sacar algunas conclusiones. La primera es que, si la energía no se crea ni se destruye, la cantidad de energía en el planeta sería constante. Si cuando la usamos se degrada, entonces la cantidad de energía útil disponible debería ser cada día menor. Pero afortunadamente como dijimos antes, la Tierra cuenta con una fuente de energía "externa" que entrega mucha energía cada día: el sol, la única y auténtica fuente "renovable" con la que contamos.

Apropiación de la energía

Durante decenas de miles de años, la humanidad se ha apropiado de parte de la energía que nos llegaba del sol a través de los vegetales. Las plantas captaban parte de esa energía y los seres humanos la tomaban ya sea para su propio alimento o para transformarla en fuego y utilizarla con diversos usos. Este proceso requería de un tiempo (las plantas tienen que crecer) y de un espacio (donde ellas se instalan). La cantidad de energía disponible en el planeta estaba limitada (a diferencia de la amistad del Principito) por el espacio y el tiempo.

Pero hace unos pocos días –en términos geológicos- el ser humano descubrió el carbón y comenzó a quemarlo con el objetivo de apropiarse de su energía. Más tarde conoció el petróleo y el gas y les dio similar trámite. Esto generó la ilusión de que la energía ya no dependía del espacio y el tiempo.

Sin embargo estos combustibles fósiles son energía solar acumulada en las plantas y animales de los tiempos prehistóricos, que los humanos anteriores a nosotros nos dejaron como legado, excedente de una civilización menos "desarrollada" y menos numerosa.

Cada vez que encendemos un motor y nos trasladamos unos kilómetros, estamos transformando cientos de años del trabajo de vegetales antiguos en una nube de calor y gases que –como subproducto– nos mueve de casa al trabajo.

El sol como biocombustible

Si quisiéramos evitar la quema de los combustibles antiguos y movernos solamente con la única energía "nueva" que nos llega al planeta –la solar– deberíamos procesar parte de la vegetación que crece en el planeta a fuerza de energía solar cada día. Esto es lo que se trata de hacer con los agro-combustibles: capturar la energía solar contenida en los vegetales y darle una forma líquida que pueda ser metida en un tanque. El problema es que la cantidad de biomasa que existe en este mundo y la velocidad a la que la naturaleza la desarrolla, no alcanza a transformar toda la energía que precisamos para sustituir los combustibles. Este es particularmente el gran dilema de los agro- combustibles.

El petróleo se formó hace aproximadamente unos 400 millones de años y le llevó unos cuantos siglos de captación solar y deposición en el subsuelo terrestre. Si quisiéramos hacer de esto una matriz "sustentable" deberíamos gastar tanto petróleo como la naturaleza puede procesar cada año. Sin embargo, la tasa de consumo de derivados del petróleo es 300.000 veces mayor que la tasa de deposición geológica (y esto considerando el período de mayor formación del crudo). Si quisiéramos sustituir todos los combustibles que hoy consumimos con biocombustibles de origen vegetal, deberíamos acelerar en un millón de veces el tiempo que demanda la captación solar de la biomasa para lograr la misma cantidad de energía. Es decir, lograr que las plantas sinteticen energía solar un millón de veces más rápido de lo que lo hacen ahora.

Para aumentar la "productividad" de los sistemas agrícolas puede aumentarse la cantidad fertilizantes y maquinaria. El problema es que esto requiere de más energía. Más aún: según varios estudios algunos agrocombustibles (como el maíz) apenas si logran entregar la misma cantidad de combustible que consumen. Es como si tuviéramos una fábrica de nafta que para elaborar un litro, requiere de un litro de nafta.

Hasta aquí, las sencillas razones por las cuales la idea de sustituir el consumo de combustibles con combustibles agrícolas es una idea peregrina.

Todo puede ser peor

Sin embargo la falta de combustibles podría no ser lo peor de esta máquina energo-voraz que ha creado el ser humano en esta etapa denominada civilización moderna. Durante aquellos viejos años en que los humanos nos apropiamos de la energía de las plantas, toda la energía que consumíamos provenía del sol transformada en alimento. A medida que la población aumentaba, los estados expandían (o procuraban expandir) sus dominios territoriales para apropiarse de mayor cantidad de suelo cultivable. Pero a partir de cierto momento ya no hubo más tierras cultivables de las que apropiarse. Entonces, en los últimos minutos de nuestra historia vivida –en términos geológicos- los hombres y mujeres que este rincón cósmico habitamos hemos desarrollado la llamada "revolución verde". Gracias a ella la producción agrícola se multiplicó varias veces. Hasta ahora, buena parte de las personas vinculadas a la agropecuaria se vanaglorian y congratulan de ello.

Pero esto se logró sin aumentar la cantidad de tierra disponible en la Tierra y sin aumentar la cantidad de energía solar, las dos condiciones imprescindibles para aumentar la capacidad energética de la biomasa. ¿Cómo fue entonces? De la única manera que las leyes de la física lo permiten: se incorporó mayor cantidad de energía. A partir de entonces, cada vegetal (o derivado) que ingerimos, no sólo contiene energía solar captada por la vía de la fotosíntesis, también contiene energía proveniente del petróleo y del gas natural convertido en fertilizantes y pesticidas químicos, sin contar con toda la energía que es necesaria para mover y construir toda la maquinaria agrícola que hoy se utiliza en la agricultura moderna. Es decir, el aumento de la productividad, se logró echando mano al legado antiguo, las plantas y animales prehistóricos que transformados en petróleo y gas fueron a su vez convertidos en agroquímicos y combustibles para construir y mover la maquinaria aplicada a la agricultura.

En 1994 en los EEUU, se gastaban cada año 1.500 litros de combustibles para alimentar a cada estadounidense. El consumo de energía agrícola se descomponía de la siguiente manera:
31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
16% para el transporte.
13% para regadíos.
8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del ganado).
5% para el secado de cultivos.
5% para la producción de pesticidas.
8% gastos diversos
No se incluyen en estos datos los costos del embalaje, la refrigeración, el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la cocina doméstica

Almorzando crudo

Antes la energía contenida en los alimentos y de la que nos alimentábamos venía del sol, única fuente externa que podíamos transformar sin miedo a perderla porque al otro día estaría otra vez allí. Ahora la energía contenida en los alimentos viene en una muy buena medida de una fuente en vías de extinción, no renovable, y que cuando transformamos no podemos recuperar. ¿Qué vamos a hacer cuando se termine el petróleo? No podremos mover los tractores con biocombustibles porque estos a su vez requieren de otros tractores, pesticidas y fertilizantes que necesitan petróleo.

Varios autores y analistas están culpando a los biocombustibles por el aumento de los alimentos. Quizá los precios de los productos agrícolas estén subiendo por un problema energético pero no necesariamente a causa de la competencia por los granos y la tierra. Quizá la economía (que funciona como un reloj ante los bienes escasos) esté comenzando a internalizar unos costos antiguos que hasta ahora no había incorporado. Me refiero al trabajo que la naturaleza ha hecho durante millones de años para nosotros (¿para nosotros?) y que hasta ahora nadie pagaba. El precio del petróleo incluye los costos de operación y la ganancia de las empresas, pero al crudo en sí, a su valor intrínseco, nadie le ha asignado un precio. Al menos mientras supusimos que era abundante.

Hoy los precios de los agrocombustibles no son "competitivos" con los combustibles tradicionales. A la luz de lo que venimos analizando la razón parece evidente: los primeros tienen que pagar el trabajo de transformar la energía solar en combustible líquido y dar cuenta de toda la energía que se precisa para hacer eso. En cambio, para los hidrocarburos aquellos son costos "hundidos" (literalmente) .

Llegó la hora de comenzar a pagar el trabajo que la naturaleza ha hecho y del cual nos apropiamos (y malgastamos) gratis. La pregunta es: ¿a cuánto ascenderá el precio de los alimentos cuando se nos pase la factura con todos los costos que la "revolución verde" no ha incorporado?

El precio de los alimentos

Los precios de los productos agrícolas continúan subiendo y en Europa adjudican este aumento a la demanda de cereales para la fabricación de biocombustibles. Según el periodista de economía Manuel Estapé "los cada día más caros precios de los derivados del petróleo hacían simpática y verde la política de subvenciones a los biocombustibles en la que coincidían desde George W. Bush hasta el ex sindicalista Lula. Hoy las cifras muestran que se ha creado un problema serio, con revalorizaciones de los precios de algunos cereales del 60% al 80% este agosto respecto a un año atrás que inevitablemente van a ir trasladándose a los consumidores en los próximos meses, con su consiguiente impacto sobre la inflación. De hecho, el fenómeno ya está en marcha en los últimos meses: éste será el tercer ejercicio en el que la demanda mundial de cereales supera la oferta."

En otro artículo del mismo periódico La Vanguardia, Lorena Farrás da cuenta del aumento de los productos lácteos. "Para el próximo inicio de curso los consumidores pagarán más cara la leche y el conjunto de todos los productos lácteos. Algunas marcas como Clas (Central Lechera Asturiana), Leche Pascual o Puleva ya han subido precios, pero la mayoría de industrias lácteas retrasa el ajuste de precios hasta después del verano. En el mercado mundial, los aumentos de los precios son notables. Desde hace un año, la cotización de la tonelada de leche en polvo ha subido un 80% y el de la mantequilla industrial un 50%, con lo que alcanzan niveles récord. para poder llegar a final de mes. Los productores deben hacer frente, además, a la subida de los precios de los cereales, fruto de la explosión de la demanda de biocombustibles. Así, desde el año pasado, el maíz se ha encarecido cerca de un 60% y el trigo y la cebada hasta un 50%"

Carmen Llorente, de El Mundo de España, también recorre la suba de la mayoría de los productos de origen agropecuario: leche, trigo, maíz, y consecuentemente lácteos, panificados y los productos de animales que se alimentan de ellos: carne vacuna, pollo, huevos, etc. "Pero el grueso de las subidas está por llegar -dice. Según la Asociación de Fabricantes de Harinas y Sémolas de España, las cotizaciones en origen del trigo panificable en Burgos -principal zona productora española- se han incrementado un 46% en el último año. En el caso de Francia, primer productor europeo y principal fuente de nuestras importaciones, la cotización del trigo ha subido más del 66%; el maíz se ha revalorizado un 32%; y la cebada, un 44%... las miradas acusadoras se dirigen principalmente a los biocombustibles –la producción de energía a partir de la combustión de cereales, caña de azúcar o girasol–, que están desviando una parte importante de las cosechas a la generación energética. Se estima que este año EEUU utilizará 85 millones de toneladas de maíz para la producción de bioetanol –el 30% de la cosecha prevista–."

Por su parte el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, dijo al Financial Times que "los elevados precios internacionales de rubros agrícolas como el maíz y el trigo a causa de factores tales como la demanda de la industria de etanol, que emplea al maíz para producir gasolina de automóviles, están afectando negativamente las necesidades de consumo de países en vías de desarrollo y, por ende, los niveles de pobreza" según la agencia AMN

Dijo además que los bicombustibles no sólo aumentaron la demanda de granos como el maíz o trigo, sino que también ha tenido influencia en el aumento de los costos de otros productos alimenticios, ya que se dedican menos hectáreas a su cultivo y como consecuencia disminuye su oferta en el mercado. Agregó un factor más de preocupación al afirmar que en caso particular del maíz, este representa el 65% del consumo en países en vías de desarrollo, mientras que en los desarrollados apenas ocupa entre 10 y 20%.