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Crisis económica y la crítica al desarrollo extractivista
Eduardo Gudynas
ALAI AMLATINA, 14/01/2009, Montevideo.- La crisis económica iniciada en
Estados Unidos ha alcanzado a Latinoamérica y se expresa tanto en el
plano financiero como en el productivo. En los últimos meses se repiten
noticias similares en casi todas las capitales. Las exportaciones
comienzan a caer por la reducción de las compras en los países
industrializados, simultáneamente con un descenso del precio de los
principales productos exportados por América Latina. El crédito
disponible es escaso y las capacidades de maniobra de los gobiernos se
estrechan.
Un examen de esta situación indica que esta debacle global también
representa una crisis del modelo extractivista de desarrollo. No es sólo
una cuestión del acceso al crédito internacional o los problemas para
colocar exportaciones, sino que se tambalean los mecanismos esenciales
que sostenían un desarrollo enfocado en extraer recursos naturales y
venderlos a los mercados globales.
Muchos gobiernos, desde Néstor Kirchner de Argentina a Alan García en
Perú, disfrutaron en el pasado de un excelente escenario económico, con
un alto crecimiento económico sustentado por sus elevadas exportaciones.
Pero en realidad ese cambio se debía en buena medida a factores externos
(alta demanda internacional y elevados precios), y estos gobiernos no
aprovecharon esa coyuntura para generar un estilo de desarrollo propio y
autónomo. Casi todos los países apostaron por profundizar todavía más la
estrategia económica extractivista, donde las estrellas fueron el
agronegocio, el petróleo y gas natural, y metales como aluminio o hierro
a medio procesar. Incluso Brasil, que se presenta a sí mismo como una
economía industrializada, mantiene un perfil exportador donde casi la
mitad de los productos que vende son materias primas.
Un buen ejemplo es la situación de la producción de soja, el principal
producto de exportación de países como Brasil, Argentina y Paraguay. Su
precio había alcanzado picos en el orden de los US$ 600/ton, para caer a
casi la mitad, y con proyecciones para los próximos meses de US$
300/ton. También ha caído el precio del maíz, trigo y otros productos
agroalimentarios, mientras que el mercado de biocombustibles se ha
contraído.
Las implicaciones sociales y ambientales de este tipo de caídas son muy
claras. Por ejemplo, siguiendo en el caso de la agropecuaria,
seguramente se endentecerá la agricultura intensiva en capital (como por
ejemplo el recambio de tractores o cosechadoras, uso intensivo de
agroquímicos, etc.). La salida para este problema es apostar a las
formas de producción allí donde los costos son menores (especialmente el
valor de la tierra), y hasta donde lo permita la red de infraestructura
actualmente existente. Consecuentemente se podrían esperar avances de la
frontera agropecuaria sobre áreas silvestres en la Amazonia central (por
ejemplo en Rondonia y Acre y otros estados del “arco de deforestación
amazónica” en Brasil), pero también en las zonas adyacentes de Perú
(carretera Interoceánica Sur), en el oriente de Bolivia, oriente de
Paraguay, y norte de Argentina. La crisis generará un mayor impacto
ambiental. Paralelamente, la agricultura familiar y campesina será muy
golpeada.
El comercio internacional agropecuario se encamina a mayores
complicaciones. El sistema de apoyos cambiará, y por ejemplo la crisis
económica hace que en la Unión Europea los sistemas de apoyo basados en
el pago de subsidios se vuelvan cada vez más dificultoso, y se juegue
con la idea de imponer trabas arancelarias clásicas. Entretanto, a los
agricultores de EE.UU. también se les hace cada vez más difícil acceder
al crédito. Finalmente, no es un tema menor que en China (uno de los
principales destinos de nuestras exportaciones) el Comité Central del
Partido Comunista resolvió el pasado octubre permitir la compra o
alquiler de tierras, tanto con personas, cooperativas o incluso
empresas. Esto tendrá enormes efectos en el medio rural chino, y habrá
que ver si en 2009 este nuevo capitalismo rural permite mejorar la
producción (con la cual caerán las importaciones desde América Latina).
Entretanto, también se observa un desplome en el precio de los
hidrocarburos con lo cual en 2009 se complica la situación en Venezuela,
Bolivia, Ecuador (y en parte Perú y Brasil). Como se reducen las
exportaciones y ha caído el precio, los ingresos de esos países se verán
muy recortados. Además, a lo largo de 2009 seguramente se enlentecerá la
exploración, prospección y explotación de los nuevos yacimientos
(especialmente en Perú y Ecuador). Bolivia mantiene estancada su
producción de hidrocarburos, incluso por debajo de sus propias metas, y
ahora enfrenta el problema de una reducción de la demanda desde Brasil.
Asimismo, las enormes inversiones que necesitará la explotación de los
yacimientos oceánicos de Brasil también quedarán en suspenso. Un claro
ejemplo de este nuevo escenario es que la empresa noruega que construye
las plataformas petroleras marinas (Sevan Marine), prácticamente ha
suspendido su montaje debido a la falta de crédito, poniendo en suspenso
todos los encargos de Petrobrás.
Finalmente, los precios de los minerales también se han desplomado. Esto
afecta a casi todos los países andinos (y una vez más, en parte a Brasil
y Argentina). Por ejemplo el cobre ha regresado al precio observado a
fines de 2005. Las consecuencias ya se están observando, y se
profundizarán en 2009: nuevos proyectos de inversión suspendidos, la
pequeña minería andina muy afectada (como ya sucede en Perú), acentuando
los problemas de pobreza y con peores performances ambientales.
Tanto en el caso de los hidrocarburos como los minerales, hay ejemplos
históricos donde la caída de los precios internacionales desembocó en un
intento de compensación por medio de un aumento mayúsculo en los
volúmenes extraídos. Las consecuencias sociales y ambientales de ese
camino han sido muy negativas.
A medida que avanzan los problemas económicos en América Latina, aumenta
la competencia por las exportaciones y la atracción de capitales
internacionales. Consecuentemente los gobiernos recrudecerán sus
resistencias a elevar las exigencias y la fiscalización ambiental, en
tanto es concebida como una traba a las inversiones. Hay varios ejemplos
en marcha: en Brasil se intenta reducir las exigencias de protección en
la Amazonia, mientras que en Argentina la presidenta Cristina Fernández
de Kirchner acaba de vetar una ley que impediría la minería en los
glaciares de los Andes.
Los gobiernos, y muchos académicos, no parecen tomar conciencia que
estamos frente a una crisis del modelo extractivista. Esa idea del
desarrollo como crecimiento económico alimentado por las exportaciones
de bienes primarios encuentra ahora límites externos, los que se suman a
sus límites internos, expresados por conflictos sociales locales y sus
impactos ambientales. De todas maneras se insiste en el mismo camino, y
no son pocos los gobiernos donde sus planes para superar la crisis se
basan en apoyar y subsidiar esos sectores. Un ejemplo notable son los
sucesivos paquetes de créditos para las exportaciones agroindustriales
en Brasil, y otro es la reciente aprobación de la Ley Minera en Ecuador,
la que alienta la producción transnacionalizada, y vuelve a apostar a la
idea del extractivismo exportador como motor del desarrollo.
Esta cuestión se convierte en uno de los temas urgentes para 2009: la
estrategia extractivista, basada en explotar la Naturaleza para exportar
materias primas hacia mercados globales, es insostenible en los planos
económicos, sociales y ambientales. Por lo tanto, los gobiernos y
también los movimientos sociales, deben comprender que sigue siendo
necesario generar estilos de desarrollo estructurados de otra manera, y
en lugar de exportar materias primeras pasar a utilizarlos en cadenas
productivas propias, compartidas, donde se genere empleo genuino y se
pueda reducir el impacto social y ambiental.
Eduardo Gudynas es analista de información en CLAES D3E (Montevideo).
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